POCOS DISCUTEN ya la victoria de Hugo Chávez en el referéndum celebrado en Venezuela el pasado domingo, aunque todavía quedan grupos de la Coordinadora Democrática, principal impulsora del proceso, que denuncian fraude en las votaciones y exigen un nuevo recuento. El prestigioso diario El Universal se sumó a la propuesta de la Coordinadora, «para que en presencia de todas las partes involucradas se proceda a cotejar los resultados electrónicos del referendo con el voto físico, depositado en las urnas». Sólo de esta forma entienden que se puede descartar definitivamente la posibilidad de un «fraude electrónico» que haya convertido en «no» lo que era «sí», trastocando la voluntad popular. Sin embargo, la conformidad con los resultados por parte del Centro Carter y de la OEA (que, sin embargo, acaban de aceptar que se lleve a cabo una «segunda auditoría» del proceso revocatorio) parece dar por zanjada la cuestión, aunque el país siga dividido y no falte quien hable ya de una consulta inútil que deja las espadas en alto. EE. UU. y Fedecámaras, la principal organización empresarial de Venezuela, contraria a Chávez, también han aceptado los resultados. Pero la Coordinadora sigue denunciando también como fraude lo que califica de utilización escandalosa de los recursos públicos para la campaña electoral y el abuso de poder, así como la compra de conciencias y la manipulación de los más vulnerables a través de dádivas intrascendentes que no resuelven los problemas de fondo. Algo que acreditaría el populismo de izquierdas de Chávez, pero que no cambia los resultados. ¿Dónde está el problema, pues? En el populismo en sí, que tiene un horizonte de riesgo avalado por la historia. Populista fue el peronismo argentino, y lo fue también en sus orígenes el aprismo peruano. Y lo es ahora el movimiento bolivariano de Chávez, capaz de defender la democracia y a la vez afirmar que Venezuela ha cambiado para siempre y que no volverá a cambiar. Son estos mensajes equívocos y desafiantes, con olor a castrismo, los que están de más cuando se acaba de jugar y ganar una partida electoral. Pero ¿qué sería el populismo sin estas bravatas?