NUESTROS GRANDES distribuidores de hidrocarburos (Repsol y Cepsa) suelen responsabilizar a los mercados, la OPEP, las guerras... de las subidas de precios de una energía -y materia prima- sobre la que se asienta buena parte de nuestras producciones (de la electricidad a las aspirinas, del transporte a las lentillas o los cedés). Y lo cierto es que en los últimos 25 años hemos vivido con petróleo abundante y barato. Barato porque corregida la inflación y a 30 dólares el barril apenas nos salía hace poco un 7% más caro que en 1970-74; abundante porque lo consumimos -dados los precios, cada vez más- como si fuese inagotable. En esta orgía de vacas gordas energéticas (en el consumo eléctrico, en el transporte barato) ha saltado apenas una alarma que nos resistimos a enfrentar y asumir: las emisiones contaminantes que nos amenazan con un siniestro cambio climático. Estados Unidos es a nivel mundial, por supuesto, nuestro modelo y guía. Aunque el mayor -y creciente- consumidor mundial de petróleo sólo cuente con el 2% de las reservas conocidas. Para eso se necesita un complicado entramado externo que combina corrupción de oligarquías exportadoras (Arabia Saudí actual o el Irak de Sadam), apoyo a guerrillas liberadoras (talibanes contra soviéticos en Afganistán entonces invitados en Texas), desestabilizaciones usando gobiernos amigos (de nuevo Sadam con kurdos e iraníes)... Este control nos dejará regueros de sangre pero también un éxito indiscutible: podemos llamarlo nuestro confortable McMundo de petróleo abundante y barato. Quizás el lector debiera anotar una novedad reciente. Estratégicamente -es decir, a medio plazo- ya importa tanto el gas natural como el petróleo (las reservas conocidas a día de hoy son equivalentes). Pero en el resto sólo es más de lo mismo: Estados Unidos será el mayor consumidor de gas del mundo (28% del total) con unas reservas propias muy pequeñas (4% mundial)... y de nuevo los mismos países son el gran filón, aunque ahora debemos cuidar oligarquías, guerillas y gobiernos un poco más al norte, en Uzbekistan, Turkmenistán, Afganistán, Georgia, Eslovaquia, Albania, tanto para comprar gas barato como para transportarlo hacia el McMundo . Aquí debe situar el lector el reciente referendum de Bolivia, en el que los ciudadanos de aquel país aprobaron la recuperación de la propiedad de sus recursos energéticos. En este contexto la yihad (como cierto peronismo o chavismo) se alimenta de una reacción explicable contra sus oligarquías exportadoras locales; élites que regalan el patrimonio nacional (ese era el perfil de nuestro millonario Osama) a cambio de lujos y cuentas en el extranjero. Ni Irak, ni Argelia o Arabia Saudí (pero tampoco Argentina, Venezuela, México), ni tantos otros han sabido o podido emular la estrategia de Noruega manejando las rentas de su petróleo: tener fondos acumulados por un 50% del producto nacional. Buen gobierno éste basado en el bienestar y ahorro social derivado de un recurso natural estratégico... ¿podrá Bolivia? Creo que debieramos asumir el fin del siglo del petróleo y el gas barato: pagar más caro el que viniese etiquetado como ecológica y socialmente responsable, primar a otras Noruegas. Algunas cosas dejarían sin duda de ser tan baratas y tendríamos que dejar de despilfarrarlas, pero otras dejarían de ser caras (fuentes renovables, no contaminantes) y las usaríamos más. Abandonaríamos el McMundo, pero desactivaríamos la yihad .