AL IGUAL que no se puede frenar la rotura de un embalse con un solo dedo tampoco se puede contener la masiva llegada de inmigrantes ilegales con las actuales dotaciones de Guardia Civil que vigilan las costas de las islas Canarias, Andalucía y la frontera terrestre de Ceuta y Melilla. La desesperada necesidad de los inmigrantes subsaharianos y magrebíes por alcanzar la tierra en la que creen que se encuentra el paraíso resulta un oleaje demasiado intenso para poder ser frenado con las frágiles barreras de contención que tenemos en España. Los subsaharianos huyen de masacres como la que tuvo lugar, hace unos años, en Ruanda por el enfrentamiento, entre hutus y tutsis, de hambrunas desoladoras derivadas de sequías y guerra como la de Etiopía de hace unos años o la actual de Sudán o, simplemente, de la pobreza endémica que afecta a casi todos los países africanos. Para estas personas, Europa es la tierra prometida, el Dorado donde encontrarán trabajo para mantener a sus familias y salir de la más absoluta de las miserias. Los marroquíes, obnubilados por lo que les cuentan sus parientes afincados en Europa y las dulces promesas de los responsables de las mafias organizadas que hacen su agosto transportándolos, piensan que, con tan sólo cruzar el estrecho podrán obtener fácilmente el dinero que, en su país no pueden conseguir. La desesperada necesidad de unos, la ignorancia de la mayoría y la mala fe y avaricia de las mafias organizadas apoyadas en la acción u omisión de las autoridades marroquíes hacen que, ahora, nos encontremos con hordas de inmigrantes engañados, con nada que perder, salvo la vida y, con todo que ganar. Es evidente que, por mucho que queramos, no podemos acogerlos a todos, como lo es también que los muros ya a duras penas los contienen. Es imprescindible afrontar el problema desde su raíz y con una perspectiva más global. Una utopía que tendrá que hacerse realidad para garantizar nuestra propia supervivencia porque o les ayudamos a tener futuro en sus países o ellos acabarán con el nuestro.