ES EN VERANO cuando se nos brinda la oportunidad de conocer a fondo cada una de nuestras ciudades. O mejor dicho , en qué cosa hemos convertido nuestras ciudades. Se habla mucho del éxito de las Olimpiadas del 92 en Barcelona no solamente en el sentido del éxito de organización, que lo fue, sino en la transformación urbanística que comportó, de la que para lo bueno y para lo malo nació la Barcelona de hoy (poco o nada que ver con la anterior). Lo que resulta más interesante de aquel evento es que el nombre de la ciudad transcendió de tal forma por todo el mundo que la que fuera burguesa e intelectual afrancesada en la cúspide y militante de lo popular en un sentido amplio por la base, se entregó, sin ninguna cláusula que limitara la entrega, a lo más intrascendente y banal que transita por nuestro mundo civilizado: el turismo de masas. No estoy diciendo que el turismo, masivo o no, sea malo y haya que acabar con él. Lo que resulta peligroso es esa entrega sumisa y engañosa a un visitante efímero, sin ningún interés por la ciudad en sí y con todas las energías dispuestas a vivir un sueño de libertad que le han vendido con el que inflar su hedonismo y nada más: el sueño del botellón, la vida al aire libre ensuciando playas y calles sin horario de cierre, etcétera, que dura diez días hasta que llega el siguiente reemplazo. Los ideólogos de este plan ni siquiera se tomaron la molestia de mirar hacia atrás y comprobar que este modelo había fracasado estrepitosamente en la Costa Brava, la zona de Levante y la Costa del Sol. Porque el plan en sí conlleva una pauta fundamental: la expulsión de los ciudadanos de las entrañas de su propia ciudad. Es el ciudadano el que ama a quien le identifica como tal, y sólo él sabe que cuidarla es cuidarse, que favorecerla es favorecerse incluso en el ámbito del turismo. Paisajes hermosísimos de antiguos comercios y callejuelas sin par que merecían mejor trato de la autoridad pertinente están hoy en manos de especuladores que las han transformado en vulgares tiendas clónicas que han jubilado lo artesanal para vender como souvenir sombreros mexicanos, camisetas del Barça y muñecas con traje de sevillana, cuando no en restaurantes degradantes especializados en paellas congeladas o en Mac'Donalds. Someter la ciudad a los intereses turísticos es abandonarla al azar y a lo que éste tiene de efímero. La ciudad, cualquier ciudad, es de los ciudadanos, y bien hallados los turistas que lo acepten.