EN POLÍTICA, como en todo, es muy triste la soledad. Pero hay una soledad especialmente dolorosa: la que te deja sin defensas ante la agresión exterior; la que no consigue arrancar siquiera la solidaridad de los próximos. Ese debe ser el sentimiento de José María Aznar. Atacado en los valores que más ha defendido, su partido político ha sido parco en su defensa. Lo dejó en la arena, sometido al asedio de los leones. Y tuvo que resultar humillante para él leer esta semana en una revista que un sector del PP se alinea con el PSOE para destruirlo. Es como para ponerse a gritar ante el personaje que empuña la daga: «¿Tú también, hijo mío?». Por eso, la llamada de Mariano Rajoy al PP para «defender con toda energía» al ex presidente y la exigencia de que cese la «maniobra revanchista» del PSOE suenan como un mandato recibido del retirado líder. Algo así como un desesperado «¿pero no queda nadie que me defienda?». En este país cainita existe la tentación de revisar la historia, y a veces se hace con saña. Es como si los nuevos gobernantes necesitaran un «enemigo anterior» para reforzar su liderazgo. Aznar lo tuvo con Felipe. Los continuadores de Felipe lo encuentran en Aznar. En la agresión a Aznar hay al menos cuatro ámbitos. 1) El revisionismo que lleva, incluso, a negar los resultados de la gestión económica. Eso es, sencillamente, injusto y falso. Aznar habrá sido lo que se quiera; pero ha sido un buen administrador de la cosa pública. 2) El cambio de actitudes públicas y del famoso talante. Es inevitable que cada gesto de Zapatero (por ejemplo, la vuelta al diálogo con todas las autonomías) conlleve una crítica implícita a quien se negaba a recibir a presidentes socialistas o al lendakari vasco. 3) Los afanes de revancha. José Blanco recordaba ayer cómo el PP se había distinguido por su aversión al socialismo. Todos recordamos cómo trató de anular la figura y la capacidad de Zapatero. Quizá se le esté haciendo pagar por esos ataques. Y 4) Los méritos que el propio Aznar ha hecho con sus palabras en los últimos meses. Si somos objetivos, Aznar ha hecho eso, méritos, para estar en la guillotina de la opinión. Su discurso en FAES ha merecido repulsa por intransigente, fatalista y fundamentalista en su idea de España. La acusación de que se había quedado con papeles del CNI no fue inventada en laboratorios de los comandos Rubalcaba, sino que fue él quien suscitó el debate. Sólo hubo intención aviesamente destructora en filtrar el contrato de la medalla. Quiero decir que hace bien Rajoy en convocar a sus mesnadas en defensa del padre. Es de gran dignidad. Pero una actitud más discreta del propio Aznar evitaría esta psicosis de persecución.