CIUDADES Y CIUDADANOS
24 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.SANTIAGO, Jacobo, Jaime, Diego, Yago, el apóstol de nombre múltiple, tiene una ciudad en Galicia -cientos en el mundo- que le debe la mitad de su topónimo. La otra mitad es pagana, un cementerio romano sobre el que se edificó una catedral para que fuera receptáculo de sus huesos. Los compostelanos, que no santiagueses, somos cuidadores de sus esencias y tradiciones, que transmitimos con afecto y constancia alojadas en la materia monumental de nuestra ciudad. Seguramente muchos no conocen ni la mitad de la historia itinerante de aquel que, por su rotunda elocuencia, se ganó el apelativo de hijo del trueno. Nuestra relación con él es física, de cobijo fetal, de los que guardan con tanto ahínco el cofre de la herencia que al final no saben bien lo que contiene. Quizá tampoco importa. Es un interrogante que nadie se atreve a desvelar porque, de hacerlo, se convertiría la esencia en permanencia, el mito en realidad y la esperanza en desasosiego. Los compostelanos rezamos poco al santo, porque lo tenemos en la piel y nadie se reza a sí mismo; levanta más devoción la Milagrosa de la Corticela. Tampoco se sabe mucho de su Camino, porque aquí apenas existe. Por los caminos se pasa, la gente se cruza, se encuentra y se despide, pero allí a donde se llega ya no es camino, es punto final. Santiago discurre permanentemente entre el mito y la realidad. Es el decapitado -según otras versiones lapidado o apaleado- y trasladado en la barca de piedra que remonta el Ulla, recuperado por Paio y Teodomiro, mito y realidad de la fundación de la ciudad. Es el epónimo de los arzobispos Peláez y Gelmírez, promotores de la peregrinación que abarca desde el círculo polar hasta el Mediterráneo, desde el Finisterre hasta los Urales. El de la leyenda de la Vía Láctea que se narra en los relieves del relicario dorado de Carlomagno. El de los viatores que propagaron su tradición en poesía, en música, en literatura, en artes plásticas y en arquitectura. Es el «matamoros», ganador y perdedor de batallas, lo que casi le cuesta el patronazgo de España, una vez más mito y realidad. El que en América se deja vestir y maquillar, en la mayor operación de sincretismo que se haya dado con un santo católico. El que se oculta para que no lo secuestre Felipe II, y permanece desaparecido trescientos años, mientras su ciudad se transforma en lenguaje barroco y neoclásico. Franco, el dictador, lo reivindica para proclamar una nueva cruzada, y sus oferentes lo utilizan según el signo de aquellos tiempos. Es el de los jubileos, hoy transmutados en xacobeos , con millones de personas que lo abrazan y hasta sollozan sobre su esclavina. El de Palestina, el de Iria Flavia, el de Compostela, el de Europa al completo, el de la América latina y no tan latina,... cosmopolita y rural como un patrono doméstico. Cuántas geografías y ritos para un mismo santo. Él ha inspirado algo del mejor realismo mágico, ha generado ímpetu caminante y ha derramado creatividad. Con él nace la primera dimensión política europea y, a pesar de ser adalid de batallas, da paso al multiculturalismo e inaugura una espiritualidad en red. El dominio www.jacobus.com que -mira por dónde- está registrado por una inmobiliaria norteamericana, daría pie a la página más extensa del Web, porque es contemporáneo e intemporal; se moderniza y se adapta con total elasticidad a las circunstancias y los hechos. Eso sí, sin mudar nunca esa sonrisa pícara, llena de afecto, con la que hoy, una vez más, recibe de la España democrática una ofrenda que en este mundo globalizado ya no es más que ceremonial.