EL MINISTRO Bono, revestido de galones, ha emprendido la reconquista del suelo patrio, invadido de infieles que se habían adueñado de haciendas y voluntades y pretendían perpetuar la nefasta costumbre de hacer la real gana, tanto en los asuntos de Estado como en los propios. Don Sancho-Bono de la Mancha, accede al gobierno de la ínsula madre con renovados bríos, protegido por su dueño y señor el condestable Zapatero e inspirado en los nobles principios de la Honorable y Paritaria Orden del Buen Talante, que protege a sus seguidores de las perversas asechanzas de los malvados infieles y les inmuniza contra todo tipo de tentaciones del enemigo inmovilista. Investido de las potestades del cargo como oficial mayor de guardapatria, el ministro defensor de todos los valores éticos y épicos, ordena y manda que todos los efectivos bélicos ejerzan la benéfica misión de una ONG institucional en aquellos países infestados de maldad, como es el caso de la corrupta Afganistán, con la única excepción de intervenir en aquel otro apestoso lugar, llamado Irak, donde todos son tan malos que lo mejor y legal es abandonarlos a su jodida suerte, en correcta formación de retirada y con un expresivo ahí te quedas como despedida. Así lo ordena el comendador del Buen Talante y así se hace. Estamos de nuevo en tiempos de cruzadas y para cumplir esa trascendental misión la providencia dispuso que un hombre del pueblo llano -en la Mancha todo es plano- prudente y a la vez vigoroso, brillante conductor de la grey autonómica durante dos décadas, fuera llamado a impulsar un nuevo estilo castrense, que comienza de manera espectacular con una gloriosa marcha atrás, que emula a las grandes gestas de la historia y que le hace acreedor de máximos honores que su modestia le obliga a declinar. Este líder natural, surgido del pueblo, pese a los galones que le igualan en jerarquía y tronío a los más grandes, siempre ha pretendido ser, según sus propias palabras, igual a sí mismo; una prueba elocuente de humildad no exenta, sin embargo, de orgullo de casta. Don Sancho-Bono de la Mancha es la reencarnación de aquel entrañable y rústico escudero que imaginó Cervantes, con una diferencia: en vez de servir al hidalgo don Quijote, este nuevo escudero sirve al condestable del Buen Talante, abriendo caminos machadianos, surcos de bienestar social y trincheras de solidaridad en su imparable andadura. El laureado ministro, según un emocionante documento de la Comunidad de la que fue adalid, es un gran cumplidor de sueños y de premoniciones del destino. Su ejemplar experiencia como gobernador de una ínsula de caballeros andantes y buen queso, ha templado su carácter y ahora es digno oficial de guardia de ese puzle de innumerables ínsulas que requiere, para su ensamblaje, la capacidad intelectual y la decisión inquebrantable de un superdotado, legítimo poseedor de la verdad y al que no le tiembla el pulso en las importantes decisiones, como la de arriesgar su tranquilidad personal y alterar sus sueños creativos, si considera que tiene que asumir una decisión arriesgada y controvertida si así lo requiere el Buen Talante. Una nueva promoción de hombres y mujeres, de la que es un ejemplo representativo el ministro Bono, inicia su andadura por los paisajes sembrados de molinos de viento que, en realidad, son generales que esperan, en posición de firmes, el soplo que mueva sus aspas y las órdenes del mando.