El vuelo de Lance Armstrong

| CARLOS G. REIGOSA |

OPINIÓN

20 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

CUANDO iba a empezar el Tour de Francia, la revista estadounidense Newsweek publicó un chiste que no tenía desperdicio. En una terraza de París, un francés y un americano tomaban un aperitivo. En las paredes del quiosco de prensa más próximo se leía: «Tour de Lance», «Armstrong va a por el sexto», etc. El francés exclamó entonces: «Justo cuando pensaba que no era posible que hubiese más razones para despreciar a los americanos...». Así de premonitorio. Porque desde que empezó el Tour se han ido desmoronando las posibilidades de que alguien releve de la victoria final al americano. Sus contendientes con posibilidades (Ullrich, Heras, Iban Mayo, Hamilton, etc.) se han descolgado minutos abajo a medida que Lance Armstrong se encaramaba a los Pirineos. El estadounidense dio sus zarpazos letales en la primera oportunidad. Ahora vuela en los Alpes con una ventaja todavía no definitiva, pero sí cómoda, y nadie sabe el nombre del rival que podría batirlo. En realidad, sólo una caída o una acusación fundada de dopaje podrían frenarlo. Pero Lance hará lo posible para que ni una ni otra cosa ocurran. Newsweek dio en el clavo. Poco puede molestar más a los franceses que su gran Tour, la carrera ciclista por antonomasia, vaya a tener un rey estadounidense, con seis victorias, superando así a los míticos Anquetil, Hinault, Merck o Induráin, que la ganaron en cinco ocasiones. Es algo que, paradójicamente, lejos de extender la gloria del Tour, parece minimizarla. Que gane un corredor de EE. UU., país sin tradición ciclista, semeja un menoscabo para la propia mítica que aureola los nombres de Coppi, Bartali, Gaul, Bahamontes, etc., héroes de la ronda francesa y del ciclismo mundial. Armstrong, para colmo, hace que todo parezca demasiado fácil. Demasiado fácil para él, naturalmente, que es un auténtico gigante de la ruta. No se sabe lo que va a ocurrir hasta París. Son muchos los que desearían, emocionalmente, parar a Armstrong. Pero tampoco es imposible que, seducidos por la magia de su poderoso pedaleo, acaben por transformar su antipatía en pura admiración.