ESTÁ EN punto muerto la integración de la UE, como proyecto para Estados iguales en derechos; pero no porque aún se haya de refrendar el tratado constitucional. Está en punto muerto porque ese proceso europeo se ha vuelto como el de un corazón que pese a ganar volumen no lo hace por el aumento del grosor material de sus paredes, sino por el estiramiento formal de éstas: igual que en procesos de patología cardíaca padecidos por atletas médicamente descontrolados. Los tratados constituyentes de la UE se han resuelto en una marcha acumulativa, por cuya virtud el proceso europeo tiene más de corazón hinchado, por patológica acumulación de acuerdos, de lo que se reconoce. Al cabo, no hay más integración efectiva sino sólo más tratados para la integración. La sospecha vehemente de que pudiera ser así se vino a despertar en noviembre del año pasado, cuando el Ecofin absolvió a Francia, Alemania e Italia de sus culpas por haber infringido reiteradamente el límite del déficit presupuestario, establecido en el 3% del PIB por el Pacto de Estabilidad, suspendiendo la aplicación de éste. El Tribunal de la UE resolvía la última semana la anulación de aquella medida de los ministros de Economía y Finanzas de la Unión, porque las normas del Pacto de Estabilidad deben cumplirse; pero, al propio tiempo, ese Tribunal establece que es a los Estados a los que corresponde la responsabilidad de la disciplina fiscal. Es decir, los jueces dan la razón a la Comisión Europea, que denunció el enjuague de los grandes, pero reconoce a la vez el principio de soberanía fiscal de los Gobiernos nacionales. Sentencia salomónica. El piñón de la estabilidad económica no engrana en la cadena, y la integración europea roza el punto muerto. La integración está en manos de los grandes (Alemania y Francia), con su parte del león en el tratado constitucional por el talante de Rodríguez.