La herida del tiempo

| RAMÓN PERNAS |

OPINIÓN

EN LOS AÑOS de la postguerra, una obra de teatro de idéntico titulo al de esta columna, alcanzó un notable éxito en todos los teatros europeos. En España, el montaje de Luis Escobar fue muy celebrado por crítica y público. Contaba cómo se desmorona una familia que varias décadas antes había sido feliz. El tiempo no cauteriza las cicatrices, las abre y va corrompiendo desde los recuerdos los momentos en los que fuimos felices. En estos días en los que concluyen los cursos académicos observo a los chavales recién licenciados aferrados a una contradicción que se repite cada verano. Por una parte la alegría de iniciar una nueva vida adulta incorporándose a esa rueda perversa que se comienza en el momento de integrarse en el mundo laboral, y, por otra, el poner punto y final a la maravillosa vida de estudiante. Para muchos se terminan los mejores años de nuestra vida e irremediablemente nos hacemos mayores. Por delante está la disciplina competitiva de las taras laborales, el laberinto de las hipotecas, el matrimonio y el miedo escénico a una vida que comienza llena de reglamentos y obligaciones más o menos inexplicables. Atrás queda la geografía de los primeros amores, el álbum desenfadado de los veranos de la adolescencia, el tarro de los placeres prohibidos y el cuaderno de la vida con sus páginas por escribir. Atrás queda la noche desmedida y el atolondramiento propio de una edad donde siempre es alborozo. La herida del tiempo es también el adiós muchachos que nunca hemos deseado decir. La despedida de amigos y camaradas de facultad que se van a ir desdibujando cuando el tiempo imponga su tiranía a la memoria. Adiós muchachos queridos compañeros, y la cita habrá de posponerse, quedará desvaída para un después sin fecha. Y una tarde, cuando el tiempo haya cabalgado a galope por tu memoria, te preguntarás dónde estarán los amigos, borrados del disco duro de los e-mails , y de la agenda electrónica, cuál fue y cuándo el último mensaje prendido en la pantalla del móvil. ¿Qué fue de todo aquello? Se sucedieron los años, los hijos se convirtieron en padres, se fueron para siempre los abuelos y un viento de nostalgia emborronó de lágrimas los recuerdos. Escribo estas párvulas reflexiones desde la melancolía que me produjo un comentario y en memoria de un compañero de estudios, el profesor e hispanista Millán, un rapaz de O Grove que se quedó en los paisajes neoyorquinos y no retornará ya nunca a su amada Galicia. Se lo debía desde hace muchos meses, y mira por donde en esta tarde madrileña de Gaudeamus igitur como banda sonora cuando centenares de muchachos se disponen a disfrutar de un penúltimo verano previo a los rigores del mundo del trabajo, yo vuelvo a preguntarme un dónde estarán mis amigos de entonces y hago de la canción de Alberto Cortez un himno y un homenaje, como un encuentro fortuito y un abrazo aplazado. A veces escucho un «estás igual» que suena falso, y entonces pienso y no me equivoco que la herida del tiempo ha vuelto a hacer de las suyas No tiene remedio. Tampoco tiene arreglo la tristeza, inevitable cuando la amistad es una bandera, y conviene desplegarla para que ondee gallarda dejando en el aire nuestras señas de identidad, aquéllas que sólo se miden con la vara de medir afectos.