ESTUVE recientemente en Euskadi, en Cataluña, en Navarra, en Francia, en Suiza, en Austria y en otros lugares que no me esfuerzo por recordar. En todos los sitios visitados, la red viaria estaba suficiente y adecuadamente cuidada. Las autopistas como tales, las carreteras regionales como lo que son, y las redes locales en buena situación. Cada una con su firme, con su anchura, con su trazado, y acordes con su clasificación en el mapa. Todas en buen estado, muy bien pintadas y mejor señalizadas. Estos días paseé por la Costa da Morte, por A Mariña, por los alrededores de Santiago. Resultado: las carreteras locales, en estado deplorable, muchas carreteras comarcales construidas como grandes corredores de tráfico, incluso con su tercer carril, pero sin tráfico; en contraste, muchos ejes de tráfico denso congestionados y en mal estado, cuando no algunas autopistas o vías de alta capacidad con una evidente subutilización. Si en los países y regiones citadas existía una relación entre el tipo de vía y el flujo de tráfico, formando una red capilar perfectamente jerarquizada y conservada, en esta querida Galicia todo es diferente. No resulta difícil encontrar la razón explicativa: durante años, otros criterios ajenos a los funcionales debieron haber sido los que se tuvieron en cuenta. Ciertamente que nuestras carreteras han mejorado mucho; pero, a la vista de lo realizado, no deja de ser penoso que sigan programándose inversiones cuantiosas en autovías innecesarias, y que todos los partidos políticos lo aplaudan (me refiero a casos tales como la autovía de Santiago a Lugo, que podría resolverse con un trazado más corto, más económico e igual de eficaz conectando Lavacolla con la autovía del Noroeste); es lástima que en los pueblos y en las villas el tráfico ordinario cree espacios saturados; es penoso también que las carreteras locales tengan tan mal el firme y carezcan de la más necesaria señalización horizontal y vertical. Eso sí, los carteles oficiales de obras terminadas, e incluso algunas ya gastadas por el uso (las obras y los carteles) inundan y lastiman el paisaje por doquier. No es de extrañar que después, el RACE otorgue una mala calificación a nuestra red de carreteras. No tenemos una red organizada ni segura. Galicia es un país de hábitat doblemente disperso, primero por la dispersión originaria en aldeas, y segundo por la reciente e incontrolada dispersión a lo largo de las carreteras, que dio lugar a una suburbanizacion difusa, tan desorganizada, tan relacionada con el feísmo y tan cara de corregir como todos nos podemos imaginar. Y en ese hábitat de villas, aldeas, barrios, lugares y casares, la red viaria local es decisiva para su accesibilidad y para la movilidad de los vecinos y visitantes. Y, sin embargo, la realidad es tozuda: se siguen reclamando por todas partes autovías, vías rápidas y grandes carreteras, cuya inversión sigue sin estar justificada con criterios objetivos y funcionales. Mientras tanto las carreteras locales se abandonan a su suerte bacheística, remendona y muda. Me asusté, por eso, al ver grandes corredores por las montañas de A Mariña, por las tierras del Deza y Terra de Montes, por las orillas del Miño y por otros lugares de nuestra mal gestionada geografía, por donde raramente logré cruzarme con otro coche que no fuera la sombra del mío. Probablemente con lo invertido en ellas se hubieran podido asfaltar, acondicionar y pintar la mayor parte de las carreteras locales que unen las aldeas a las villas o las villas entre sí. No se necesita más que una capa de asfalto, otra de pintura y muchas señales más y, aprovechando estos trabajos, suprimir los carteles que sobran. Así es como los hacen los vascos, los catalanes, los franceses, los suizos, los austriacos. Nosotros no. Aquí todos queremos que nuestras carreteras sean como autovías, todos queremos correr, muchas veces para no llegar nunca.