A JAUME MATAS no le vamos a pedir que se someta a la prueba del algodón, como a las antiguas princesas casaderas, pero algo tendrá que hacer el presidente de Baleares para superar las razonables sospechas a que se ha hecho acreedor con el episodio de Rasputín. Uno debe ser un bicho raro porque lo primero que le sorprendió cuando se destapó el escándalo, fue que el personal protestaba porque se pagara con dinero público una copa y turbarse al lado de una maciza rusa en un club de alterne, y nadie parecía molestarse porque el nutrido grupo de seis personas se hubiera gastado un dineral en desplazarse a Rusia para seguir las evoluciones del club de fútbol Mallorca. ¿Les parecería igualmente razonable enviar tantos cargos públicos como medio equipo de fútbol a acompañar la actuación de una orquesta, una compañía de teatro, la participación de unos minusválidos en una competición de boleivol o cosas por el estilo? Pero fútbol aparte, lo cierto es que Matas se ha limitado a negar con poca contundencia no ya su presencia en el local llamado Rasputín -que cada cual con su cuerpo serrano hace lo que le place- sino el hecho mismo de que varios cargos de su gobierno se corrieran una juerga con dinero público, aunque fuera poco. El presidente ha dado por bueno que con la dimisión del gerente del Instituto Balear de Turismo, que fue quien justificó los gastos y cometió el error -en su versión-, todo está resuelto. Jaume Matas debería, cuando menos, abrir una investigación para determinar las identidades de todos los que hicieron esos gastos en Rusia, con cargo a las arcas públicas, y aclarar si hubo más funcionarios que el citado gerente, para que todos ellos dimitieran de sus cargos de designación. Claro que probablemente ese sería el camino para confirmar lo que todos sospechamos: que el propio Matas figuraba a la cabeza de los visitantes del prostíbulo ruso. Claro que si no promueve la investigación, ¿acaso no vamos a sospechar más?