LA PROMESA gubernamental de que liberalizará el aborto, el alarmante aumento de éstos y la tajante negativa del TEDH a decidir si un feto de seis meses es persona están calentando una discusión más bien metafísica. Pero sólo bajándola al plano político será posible cohonestar lo útil con lo decente. Hay abortos espontáneos y voluntarios. Los primeros son un fallo de la naturaleza, los segundos falta de cultura. La ciencia médica consigue llevar a término embarazos de alto riesgo y sabría evitar los no deseables; pero los prejuicios e inercias desaprovechan ese conocimiento y se multiplican los que abocan a la traumática experiencia biográfica que es el aborto. La suerte de lo concebido preocupa muy mucho a muchos, pero menos poco la de la madre que no quiere serlo. La generación humana es más rica que la animal. En los brutos el sexo está orientado a la perpetuación de la especie, y su llamada se atiende en tiempo y forma codificados; la evolución ha hecho que en el hombre sexo gozadero y reproducción sean separables, y de ahí que el deseo de la cama no siempre apareje el de menear la cuna. No es esto nada antinatural ni perverso, como creen ciertos moralistas, sino disponibilidad de registros espirituales. El crecimiento de embarazos no deseados entre las adolescentes demuestra el fracaso educativo en un punto cuya trascendencia no cabe desconocer. Sobran aquí la demagogia y la mojigatería: ni el reparto de preservativos ni la recomendación de castidad son propuestas suficientes. La mera despenalización evita la crueldad de doblar castigo a quien ya tiene bastante con su penar, pero no crea de suyo escenarios sociales y culturales que eviten las causas. Hay que intentarlo porque, si se mira sin pasión, el aborto evitable es indicador del desarrollo moral.