Arquitectos silentes

| XERARDO ESTÉVEZ |

OPINIÓN

10 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

EL URBANISMO y la arquitectura, además de ser fuentes de actividad económica, eran, hasta hace bien poco, un ejercicio intelectual, social y estético. El arquitecto era un pensador-activista de la ciudad, un práctico-teórico amparado en una disciplina que ayudaba a ordenar y diseñar las aglomeraciones humanas. La ciudad fragmentada y fragmentaria de nuestros días, que se plasma físicamente en la aleatoriedad espacial de sus edificaciones y actividades, ha desbaratado las teorías, principios y modelos clásicos. El resultado es un tejido dispar, desorganizado, cuasi libertario; las cosas están donde pueden y no donde debieran, unidas, eso sí, por nuestra fácil y activa movilidad. El urbanismo de la posmodernidad parece ser más una cuestión de sucesivas leyes y de intereses económicos atentos a la vitalidad de las plusvalías del suelo, que de pensamiento y diseño de la ciudad. En líneas generales, el urbanista está de capa caída y ha sido relegado a un segundo plano. Un ejemplo: en una reciente publicación, que recoge el resultado de unas jornadas sobre la Ley del Suelo organizadas por los Colegios de Arquitectos y de Abogados, no hay ni una sola aportación de los primeros. De seguir así, serán las leyes y reglamentos y los euros/metro cuadrado los que acabarán diseñando la ciudad. Por otro lado, los arquitectos a los que les preocupa su profesión, no los constructores a destajo, se han ido encapsulando en el objeto y, cuando escriben, tienden a utilizar un lenguaje críptico para explicar cosas ordinarias como la calle o el habitar. Quizá sea que la complejidad de lo urbano nos ha desbordado a todos, y la original dimensión holística de la arquitectura parece hoy inalcanzable, aunque no por ello irrenunciable. Paradójicamente, mientras se prolonga el silencio de los arquitectos sobre los temas urbanos, la ciudad se colmata y el territorio se cuartea día a día con sus planes y proyectos. Cuando se hace patente el desorden producido por la falta de calidad, se concluye que el problema deriva de la avidez inmobiliaria, del imperativo legal o, como casi todo, de la omnímoda política. Los ciudadanos, absortos en su participación diaria en el teatro urbano para realizar anhelos y superar dificultades, están al mismo tiempo distraídos ante la construcción de su entorno más próximo y boquiabiertos frente a las imponentes construcciones de arte y ensayo que son la representación de la política y las finanzas. Se tributa un culto excesivo a las grandes operaciones monumentales, pero no se valora debidamente y, por lo tanto, no se exige calidad e innovación en el diseño de la calle y la casa. La urbanística y la arquitectura son, creo, disciplinas fáciles de aprehender, porque nuestra estructura neuronal está preparada específicamente para el pensamiento abstracto, el sentido ético, la creatividad artística y el lenguaje. En este tercer milenio convendría releer a Vitruvio, de la arquitectura al humanismo, y Alberti, del humanismo a la arquitectura, para plantearse otro renacimiento basado en el equilibrio entre las exigencias del individuo y las demandas de la sociedad. Así se podría llegar a definir un nuevo contexto para el arquitecto en su triple dimensión intelectual, social y formal.