| RAMÓN PERNAS |
09 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.HUBO UN TIEMPO en el que las vacaciones eran veraneo. Las tres semanas actuales se dilataban antaño hasta los tres meses. Se viajaba con impedimenta propia de una mudanza y el destino elegido era siempre el Norte. Por aquellos días Cantabria era Santander y Donosti se llamaba San Sebastián. Pero el turismo, los viajes de verano se fueron democratizando, y nació el veraneo y se reinventó el sur. Desde la meseta se fue descubriendo el Mediterráneo y se puso adjetivos a las costas. El dios sol constituyó una reivindicación posible de las clases medias y nacieron con los años setenta las trashumancias de julio y agosto hacia Benidorm o Torremolinos. El sur engulló al norte y los baños de ola se convirtieron en una cursilada solo ejercitada por señoritas antiguas que en verano pasaban dos meses en Comillas o en Llanes. Una ola gigantesca se llevó para siempre aquellos veranos tan añorados. Y un día regresó el norte como concepto vacacional. Por las puertas de julio entró de nuevo la brisa norteña, y desde las ciudades del agobio y del estrés se volvió a mirar para el País Vasco, Santander, Asturias o Galicia. Las cuatro comunidades tienen vocación y tradición hospitalaria, han recuperado el pulso turístico, la gallardía de interpretar el descanso desde el ocio, y ofrecen a quienes las visitan la sorpresa de agosto paseando por los malecones en donde da la vuelta el aire. Para quienes reivindicamos el mar del norte, aquel que se llama Cantábrico donde nace la luz cambiante que tiene los matices del estaño, los brillos de la plata y todos los dorados del último resol de la tarde, no hay más veraneo que el del norte. Si acaso el viajero se encuentra con la lluvia indolente del estío que sepa que es un saludo venturoso, un reconocimiento que los pueblos del norte dedican a quienes saben hacer del reposo veraniego parada y fonda. El veraneo también es cultura y reencuentro con lo popular, con las fiestas mayores, con las patronales que siempre coinciden con los meses de julio y agosto, con un colofón de fuegos de artificio y lucería que incendia las noches y los cielos de nostalgia. El norte es una exigencia vital frente al acoso mediático y mercadotécnico del sur. Yo, que soy ajeno a la mediterraneidad como concepto identitario, recomiendo enfáticamente el norte como alternativa, y no conozco a nadie que le haya decepcionado. El privilegio de unas semanas en A Coruña, o en Cambados, en Viveiro o en Noia, en Ribadesella o Gijón, en Colindres o en Noja, en Laredo o en Lequeitio tiene el marchamo de norte calidade, que hace inolvidable el viaje. El que suscribe recomienda asimismo la itinerancia, el viajar de un lado a otro, que todo el norte es uno, residencia del sosiego y de la calma, mar común que se hace atlántico niño cuando Galicia se transmuta en Finisterre. Decídase. Aquí como en Escocia, repito cada año cuando las comparaciones del sol no convocado comienzan a hacerse odiosas, y el verano empieza a ser un recuerdo o una postal enviada desde algún lugar al norte. Nos queda el norte, no lo perdamos nunca, aunque sólo sea un juego de palabras.