DONOSTIARRA. Secretaria y mano derecha de Gregorio Ordóñez. Estaba con él y con Cote Villar comiendo en el bar La Cepa , del Casco Viejo de San Sebastián, aquel fatídico lunes de enero de 1995, cuando un pistolero de ETA, con la cara tapada por un pasamontañas, asesinó a Goyo. María se fue a por él. El asesino tropezó dos veces en su huida. No esperaba que una mujer se pusiera en pie y reaccionara como lo hizo, con riesgo de su propia vida. Esta escena retrata a la candidata del PP vasco para la Presidencia del Gobierno Vasco en las elecciones de la primavera del 2005. Universitaria., concejal del Ayuntamiento de la capital del territorio más nacionalista y radical de Euskadi, se vió envuelta por el coraje de una generación que tuvo en Ordóñez el santo y seña de un nuevo estilo de hacer política en medio del fundamentalismo, al que despreciaban con su ejemplo y su sentido del humor. Buena elección. Entre políticos «paracaidistas», que se hacen vascos por razones del guión, y gentes que siempre han vivido en el país, me quedo con lo segundo. Es hora de dar carta de naturaleza a quienes desde hace tiempo tienen edad y perfil para ser cargos electos constitucionalistas, y estar permanentemente amenazados por actuar con toda dignidad como disidentes del proyecto «mágico-religioso» de los derechos históricos del pueblo vasco. María es una mujer encantadoramente normal. Ni va de diva, ni de víctima, ni va de feminista. Tiene una mirada limpia. sonríe con dulzura. Nadie diría que vive renunciando a una parte muy importante de su derecho humano a ser libre y disponer de intimidad. Es de una generación de políticos vascos que se abre camino entre los restos del naufragio en una sociedad instalada en el mito y en la violencia para imponer credos. Es de una generación sin connotaciones carlistas, sin pasado franquista. Es de una generación que pretende cambiar la imagen del vasco que levanta piedras, que juega en el frontón, que canta y bebe en el txoko , que cuando se le lleva la contraria sobre la independencia del país se vuelve paranoico. Busca la convivencia que necesita la democracia, y no está dispuesta a renunciar a sus principios, pero no jurará nunca fueros nacionalistas bajo el árbol de Guernica. Con María San Gil, el PP se puede llevar una sorpresa; como la que el PSOE se llevó con Zapatero Es la oportunidad para una generación de arreglar su tierra.