Brando

PACO SÁNCHEZ | O |


ACABO de leer la deliciosa columna de Fernanda Tabarés sobre Marlon Brando y me entraron ganas de continuarla. Me recordó aquella entrevista que le hizo Truman Capote en Tokio, mientras rodaba Sayonara, y que publicó luego el New Yorker con el título: «El Duque en sus dominios». Brando, entonces, aún no había alcanzado la treintena, pero sí lo demás: prestigio, fama, dinero... todo menos la felicidad. Parecía extrañado de que detrás del éxito no hubiera nada, salvo el temblor, el vértigo de perderlo un día. La conciencia de que nada externo podía saciarle se había apoderado de él, le abrumaba. Pero no sabía qué hacer. Como tantos que le siguieron en la gloria precoz, Brando se acercó a Buda un tiempo y, como a tantos, Buda no le solucionó el problema. De poco sirve ser el mejor actor del mundo -el mejor de la historia del cine, puede decirse ahora- si al final no sabes interpretar tu propia vida. Su madre, alcohólica, ayudó poco -siempre se avergonzó de ella- y su padre, parece, apenas se limitó a asesorarle en la gestión de sus negocios. Capote también tenía una madre alcohólica, pero no padre, y se lo llevó la trampa. Brando le sobrevivió treinta años. Como un niño gordo y triste sentado sobre cojines.

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