ANTES me daba risa cada vez que oía, muy a menudo por cierto, que si el agua de Vilalba, su aire limpio en contínuo movimiento, o un no sé qué del pueblo tenía virtudes especiales. Cierto es que cuando yo era crío, allá por los años duros del franquismo recién vencedor y del hambre, algunos doctos galenos prescribían nuestro clima a los tísicos de Ferrol y de Mugardos, y muchos de ellos se curaban por milagro en el hotel Chao de mis padres. Pero de eso a dictaminar que los elementos propiciaban la formación de genios, media una distancia abisal. Y todavía hoy los incurables se siguen refiriendo a cuatro casos para ellos paradigmáticos: un político que firmó penas de muerte; dos clérigos casi contemporáneos, uno tozudo y servil, otro que aún no fue capaz de curarme el ateísmo, y un pianista prodigio y frustrado. Ninguno de ellos pasará, pasaremos, a la historia de Galicia. Ignoraba yo entonces, como ignoraban (o callaban) todos los vilalbeses, que sí; que allí nació un hombre que me honro haber conocido y acrecienta mi amor por mi pueblo y por Galicia. Cuenta Bernardo Cendán en el prólogo que escribió para las Obras Completas de nuestro paisano -recoplidadas por Beramendi y Roca-, que estando en París en 1969 en la célebre librería La joie de lire de Francois Maspero, le mostraron una hermosa frase de un pensador que, curiosamente, se llamaba como un señor de nuestro pueblo. Cuando se convenció de que era el mismo personaje se quedó asombrado de que ni él ni nadie lo supiera. Y yo lo descubrí el año pasado. Recuerdo a Lois Peña Novo en la iglesia, jugando al dominó en el casino, paseando con su inseparable Ermitas e incluso llevando el palio en las procesiones de Corpus Christi, todo lo cual me llevó a pensar que se trataba de un católico falangista y meapilas como sus compañeros de tertulia. No era así. Hace un año me enteré de que era un galleguista liberal («Galegos -dijo en un mitin en Vigo-, por riba de todolos partidos está a convicción de que Galicia pode e debe gobernarse a sí mesma»); que había sido co-autor del Estatuto gallego de autonomía, gobernador de Badajoz y por todo ello condenado varias veces a muerte, salvándose por la insistencia abnegada de Ermitas y la ayuda de algunos miembros de la CEDA a los que había defendido como abogado en tiempos del Frente Popular. Tenía obligación de presentarse cada equis días a las autoridades. Como muchos españoles vencidos, Peña Novo vivía en un exilio interior donde, imperativamente, tenía que disimular; y disimulo eran sin duda la asistencia a la misa, a las procesiones, las partidas de dominó y la vida en sociedad, donde por otra parte las fuerzas vivas no dejaban de provocarlo. Me emociona pensar que si yo no sabía nada, ni Bernardo, ni en mi casa, donde todo se comentaba, es porque en Vilalba había una conspiración del silencio para protegerlo, empezando por aquel alcalde ejemplar que fue don José Cazón. Su amigo Ramón Piñeiro cuenta que el intento del golpe de estado del 18 de julio del 36 cogió a Peña Novo en Lugo, donde desempeñaba el cargo de secretario del ayuntamiento. Se puso con firmeza al lado de la legalidad republicana, cuenta Piñeiro, participando en las reuniones del 19 en el Gobierno Civil destinadas a encarar la nueva situación. Este hijo preclaro de Galicia, auténtico producto del agua, del aire de Vilalba, había nacido el 6 de agosto de 1883. Falleció en un accidente de coche, junto a su inseparable Erminia cuando la inauguración del Parador, la víspera del día de la Patria Galega del año 1967. Apenas se apagaban los ecos del poema de su amigo Luis Pimentel: «¡Outra vez, outra vez o terror! / Un día e outro día / sen campás, sen protestas / Galicia ametrallada nas cunetas / dos seus camiños...».