SI CAMILO NOGUEIRA conserva el escaño que le adjudicaron de forma provisional en la noche del 13-J, será como un puro espejismo en el desierto de voto nacionalista que es Galicia. Y si lo pierde, como consecuencia de la amplia operación de revisión impulsada por el PP, no será más que el cumplimiento de la severa sentencia dictada por las urnas en tierras del Finisterre. Porque la única verdad que sigue valiendo, más allá de las dos hipótesis contempladas, es que los gallegos no queremos que nuestros partidos tengan escaño en Bruselas, y que nos sentimos mucho más cómodos bajo el paternalismo desplegado por el PP y el PSOE, que asumiendo la responsabilidad de hacernos presentes, como pueblo y como cultura, en las estructuras de representación de la Unión Europea. Si mi amigo Nogueira puede seguir hablando gallego en Bruselas (o esa lengua galaico-afro-luso-brasileira que tanto le gusta), no será gracias a un pueblo que, salvando a un puñado de votantes que se pronunció por su continuidad, se niega a reconocerle su labor de diputado -tan abnegada como discutible- en pro de nuestra realidad nacional. Y, en el difícil supuesto de que el BNG regrese a la política de Bruselas, no deberíamos olvidar que lo hace con un escaño de importación, que siempre le deberemos al 36% de vascos y al 18 % de catalanes que optaron por Galeusca. Los que no hicimos los deberes para con la patria fuimos nosotros, que dejamos al socio autóctono de la coalición nacionalista en un raquítico -o ridículo, porque algunos esdrújulos son intercambiables- 12,8% de los votos emitidos. Si yo fuese dirigente del BNG, me cuidaría mucho de arremeter contra las legítimas revisiones exigidas por el PP, o contra un sistema electoral que, a pesar de ser absurdamente centralizado, no explica por qué tenemos que bajarnos de Bruselas, o recurrir a escaños de importación. Y, lejos de quejarme contra el mal fado de nuestra historia, pondría a todo el pueblo de Galicia, y a mi propio partido, frente a una situación de auténtica quiebra histórica. Porque si bien es cierto que somos muy libres para hacer lo que nos da la gana, y mandar el nacionalismo a paseo, también deberíamos aceptar que los partidos estatales nos traten con su propia lógica, y que nos hagan un discurso de proteccionismo y compasión que nunca soportarían en otras latitudes de España. Personalmente lamentaría mucho que Camilo Nogueira se quedase sin escaño. Pero en mi condición de galeguista peleón e inconformista, deseo fervientemente que sea sustituido por una señora de La Rioja que milita en el PP. Porque el galleguismo político está completamente exangüe, y no tiene sentido seguir disimulando.