A LOS QUE no están marcados genéticamente por su presencia constante, les diré que la catedral de Santiago es como una matrioshka , catedral de catedrales, en la que trabajaron artistas propios y extraños resumiendo el arte de todo un continente. Este compendio enciclopédico era gigantesco cuando, en nuestra infancia, nos sobrecogía la altura de sus bóvedas; íntimo y cómplice en la juventud, al citarnos por sus campanas: «A las tres por la catedral», decíamos; útil porque ayudaba a predecir el clima, según el eco del tañido de la Berenguela; complaciente en la vejez, como cobijo frente al calor o la lluvia. Es la basílica hedonista, condensación de los olores seculares del botafumeiro y de los peregrinos que se alojaron en sus naves y tribunas. La de la devoción y la piedad, los oscuros temores y el espanto reverencial que provoca el retumbar del órgano con el imperial y belicoso himno. La que muestra las tres faces de Santiago, el hoy polémico batallador, el amable y socarrón del altar mayor y el sereno del parteluz. Lo que ellas habrán visto y oído. Es la catedral sumario de esculturas y documentos, de pórticos y códices tan bien estudiados por los profesores Díaz y Moralejo. Es un delicado palimpsesto que se fue adornando a lo largo de los siglos, siempre preparada para la gran fiesta jubilar. Es la fábrica emergente, topológicamente complementaria con sus plazas, pues si derramara su volumetría cabría sin deformarse en las cuatro que la rodean. Es la mole que se exventra hacia sus espacios externos y reta con su cascada de verticalidades el temido viento suroeste que la deja húmeda, serena, dispuesta para la verdinegra ascensión de líquenes, musgos, hongos, matorrales... Unos la quieren y suavizan sus texturas pétreas, y otros la hieren abriendo sus sillares. La plaza del Obradoiro es la de los poderes, ayer sumisos unos y prepotentes otros, hoy reubicados todos, cada uno en su palacio, pero unidos por la linealidad de los balcones municipales, autonómicos, universitarios y eclesiásticos. El hueco resultante es el gran espacio de la ciudadanía de todo el mundo. Azabachería, en cambio, con su fachada al norte, es la derrota estilística de la Iglesia ante la imposición del rigor academicista. Es mágica y masónica. Quintana es la más bella. Evoca el baile nocturno de los muertos, que durante el día retroceden ante la proliferación de terrazas, de colas de abrazantes que inventan nuevos ritos para tocar los iconos jacobeos, de pícaros y excluidos, de jóvenes, poetas y benedictinas que soportan los decibelios de los conciertos. Termina el rodeo en la doméstica y familiar plaza de Platerías, donde el barroco de la Berenguela y de la Casa del Cabildo se enfrentan impúdicamente, con el intruso Banco de España en medio. Cuando, en este verano precoz, veo el templo y las plazas atiborradas, invadidas por un exceso de marketing, me doy cuenta de que no alcanzo a captar su trascendencia, esa dimensión que para los piadosos como para los irreligiosos viene siendo parte de nuestro espíritu. La catedral del xacobeo -jubileo-año santo parece un tanto ajena, aunque bien es verdad que nunca nos perteneció en exclusiva. El 31 de diciembre, ya entornada la Puerta Santa, podremos visitarla de nuevo para percibir sin perturbaciones su espiritualidad y palpar su sensualidad.