LA VICTORIA de la abstención en las europeas significa una de estas dos cosas: o que los partidos no saben trasladar a los votantes lo que en Estrasburgo se cuece para sus vidas o que la idea de Europa les importa un rábano. Si no las dos a la vez, caridad aparte. El momento político europeo no era el mejor. La UE atraviesa por un tramo de estancamiento debido a que, por falta de dirigentes con empuje y vista larga, el reparto de dinero y poder agotan el esfuerzo creativo. Si ellos no saben cómo perfeccionar el invento y además parece quieren debilitarlo, a qué pedir a la calle entusiasmo. La poca batería de algunos gobiernos frena la remontada y la ampliación al Este añade incertidumbre. Ante esto, ¿qué hace nuestra clase política? Pues salirse por los cerros de Úbeda y plantear las europeas como segunda vuelta de las legislativas: los socialistas para reafirmar con un nuevo triunfo la legitimidad del de marzo, y los populares para cuestionarla en caso de derrota. Estrategia deshonesta que confunde los intereses de partido con los generales, y los nacionales con los europeos. Imaginaba su tontería que el electorado tragaría un anzuelo mal tapado con cebo podrido. Erraron otra vez las encuestas, mas casi todos pudieron salvar la cara ante la prensa. El BNG libró el escaño no por Galeusca sino por el PNV, pero aun así es dudoso que sus iluminados jerifaltes entiendan que la izquierda no puede formar alianza con las derechas. Llamazares no dimite, debilidad impropia de un comunista. La campaña tuvo un remate cañí con la recomendación dominical de algunos obispos de que no se votara a los partidos que se oponen a la mención expresa de las raíces cristianas en la futura Constitución europea. Tuvieron peor suerte que los políticos: no los escucharon ni los suyos.