El abrazo de La Moncloa

| FERNANDO ÓNEGA |

OPINIÓN

SI LA REUNIÓN de Zapatero y Fraga fue tan cordial como dicen; si hubo tanto acuerdo como predican; si fue tan satisfactoria para ambas partes como pregonan, perdónenme la pregunta: ¿cuánto debe tardar el señor Zapatero en cesar a su ministra de Fomento? Debería haberlo hecho ya. Por la misma puerta por la que salía don Manuel debería entrar la señora Magdalena Alvarez a recoger el papel de su nuevo destino. Y no precisamente como Delegada del Gobierno en Galicia. No es que este cronista tenga nada contra la señora ministra. Al revés: incluso la considera atractiva. Pero hace sólo unos días entró en Compostela a caballo, con las escenas y desplantes que ya hemos comentado. Dejó a los gallegos tan inquietos sobre el futuro de sus obras públicas como Florentino Pérez dejaría a los aficionados del Dépor si un día se entrevista con Valerón. Este mismo cronista, al ver este fin de semana los cartelones que dicen «Plan Galicia» al borde de las carreteras, dudaba si eran propaganda («virtuales», se dice ahora) o respondían a alguna realidad. Pero en éstas, el señor Fraga llega a esa corte de los milagros que es el Palacio de La Moncloa, y aquí no ha pasado nada. Donde se dudaba de la propia existencia del Plan, ahora hay apoyo para llevarlo a cabo. Donde se acusaba al PP de engañar al ciudadano, ahora aparece la voluntad de adelantar algunas obras. Ignoro si la señora Álvarez se habrá enterado de las nuevas verdades oficiales por una llamada de su presidente o sólo tendrá noticia esta mañana, cuando lea los periódicos. A lo mejor el gobierno puede decir la frase evangélica: que no se entere tu mano izquierda de lo que hace tu mano derecha. Respecto a los ciudadanos presuntamente engañados, se ha incrementado nuestro pluralismo. Ya podemos elegir entre lo que promete Zapatero y lo que niega su ministra. Fraga, está claro, optó por la opción más favorable y se quedó con las promesas del presidente. La entrevista ha de quedar como un triunfo de los números uno, la desautorización de los números dos y el sello de una paz: el «abrazo de La Moncloa». Claro que, puestos a elegir, a los votantes del PP (a todos, no sólo a los gallegos) se les abre ahora otra opción. Ya pueden elegir también entre un Fraga que no pone objeciones a la reforma de la Constitución y sólo encuentra problemas de procedimiento en un par de estatutos, y un Rajoy mucho más tacaño. Tan tacaño, que no vio ningún proyecto concreto en las ideas de Zapatero. Tan tacaño, que estoy por hacer una apuesta: ZP se ha quedado preguntando por qué Fraga se tiene que retirar. Ha pensado: un hombre tan dúctil, tan dialogante, no debe abandonar la política. Es más: debería ser la alternativa a Rajoy.