A PESAR de una abstención escandalosa (54,06 %), que la Unión Europea no se merece, las elecciones de ayer cerraron un ciclo político brillante. Hasta ahora había que crecer, integrar, nivelar, e ilusionar, y desde hoy sólo hay que gobernar. En el ciclo que termina se dieron importantísimos pasos, como la Constitución, casi acabada, y el euro. Y entre las tareas de futuro todavía quedan los árduos problemas de integrar la política exterior y de defensa, el avance de las políticas sociales, la cuestión de las migraciones, la extensión a los Balcanes y la creación de una verdadera ciudadanía europea. Pero no cabe duda de que Europa ha dejado de ser un club de naciones para convertirse en una realidad política, y que no puede permanecer impasible ante las fuerzas internas y externas que quieren embarrancarla. Por eso no volverá a haber elecciones dominadas por los asuntos internos. Ni debe repetirse esa estúpida decisión de habilitar varios horarios electorales que rompen la unidad del proceso. Ni es posible que sigamos haciendo campañas en las que no veamos más que españoles mirándose el ombligo, como si Europa siguiese agrupando a los Estados en vez de representar proyectos políticos y modelos sociales diferentes. Los resultados de ayer eran básicamente esperables para el conjunto de un Parlamento que, a pesar de los agoreros, sigue portando una inmensa mayoría (popular, socialodemócrata y nacionalista) favorable a la empresa de Europa. Por eso creo que hay que iniciar esta etapa con un razonable optimismo, que relega a la condición de pura pesadilla aquel instinto bloqueador auspiciado por la España de Aznar y la euroescéptica Polonia, que, enfadada con su propia historia, ya se sentía agraviada antes de entrar. La lectura española de los resultados también favorece el futuro. La mínima victoria de los socialistas (43,30 % de votos y 25 escaños) ha zanjado la polémica sobre las elecciones del 14-M y pone fin al período de provisionalidad en el que se instaló Zapatero. Pero la magnífica resistencia del PP (23 escaños y 41,30 % de votos) presagia una legislatura con fortísima confrontación interna y con algunas elecciones -incluidas las gallegas- muy abiertas. El PSOE vuelve a ganar sus elecciones gracias a Andalucía, Cataluña y el País Vasco, y mucho me temo que la controversia partidaria vaya a tener una réplica territorial de imprevisibles consecuencias. Porque ya es evidente que el discurso del PSOE no prendió ni va a prender en la amplia España del PP. Y porque la tentación de gobernar para afianzar a los suyos podría llevar a ZP a un desastre. Por eso, si el dictamen fuese por puntos, habría que decretar empate técnico.