EUROPA no debe usar su pasado contra su futuro, del mismo modo que no debe usar a la Administración Bush como pretexto para dañar el vínculo trasatlántico. En el fondo, se trata de poner a los países por encima de sus ocasionales dirigentes. Es casi seguro que EE.?UU. no se merece un chapucero internacional como el actual inquilino de la Casa Blanca, a pesar de haberlo votado en su día, pero es que eso de que los pueblos tienen los dirigentes que se merecen es una estupidez sobradamente acreditada a lo largo de la Historia. En este sentido, tampoco los europeos podemos presumir demasiado. Ni Chirac, ni Schroeder, ni Berlusconi, ni Blair han demostrado la grandeza de miras suficiente para obtener el título de grandes europeístas que en su día merecieron algunos de sus ilustres predecesores. Con razón, numerosos ciudadanos de la UE se proclaman desencantados por su escaso empuje y por la falta de ideales políticos comunes y compartidos que exhiben. Muy al contrario, por todas partes asoman los intereses nacionales como un claro freno al desarrollo de la Unión Europea. Basta con escuchar a los representantes de los partidos políticos de los diferentes países para darse cuenta de esta situación. Y la pregunta es: ¿quién va a impulsar la construcción europea si cada representante europarlamentario insiste en defender solamente los intereses de sus parroquianos? Es obvio que hacer una Unión Europea fuerte no consiste sólo en esta labor de campanario. Consiste sobre todo en dar pasos hacia un poder ejecutivo que algún día emerja del Parlamento europeo y una Constitución (hija de un proceso que debería poder calificarse de constituyente) que nos incluya a todos por igual y que impida que acabemos desnudándonos mezquinamente unos a otros en algún puerto de arrebatacapas. Lo que necesitamos (y lo que sabemos que necesitamos) es una UE grande e integrada, sólida y solidaria, con un norte y unos liderazgos claros. El próximo domingo debiéramos dar un paso hacia ese prometedor futuro.