Diálogo para besugos

| ANTONIO GONZÁLEZ |

OPINIÓN

10 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

EN EL ya legendario Pulgarcito se publicaba una breve entrevista imaginaria entre dos individuos, que llevaba por título «Diálogo para besugos» y que siempre empezaba, mas o menos de la misma manera. Uno decía: «Buenos días, ¿cómo está usted?»... Y otro contestaba: «Buenas tardes, parece que va a llover»... Aquellos diálogos por y para besugos eran una caricatura ingeniosa del debate real -en absoluto gracioso- que ahora nos brindan nuestros políticos en este trance electoral para el Parlamento europeo y que les sirve de pretexto para sacar al tendedero público los asuntos internos que ya fueron sobados y bien sobados en las inconclusas elecciones generales de marzo. Cuando se trata de hablar de la Europa común, de la que los españoles, aunque no lo parezca, somos ciudadanos de pleno derecho, unos alardean de lo bien que cumplieron con la retirada de las tropas de Irak y encantados de conocerse hasta se condecoran, y otros hablan de lo bien que lo hicieron cuando gobernaron, hasta el punto de codearse con el imperio. Lo dicho: «Buenos días... Buenas tardes». Los mensajes electorales no sugieren en el presunto votante el elemental argumento de que somos ciudadanos de la Comunidad Europea y que ahora toca votar por eso. Sin embargo, los políticos de todos los bandos nos tratan como si todavía tuviéramos que trepar por los Pirineos, con la maleta de cartón a cuestas como en los viejos tiempos de la emigración. «Volvemos a Europa», dice uno de los reclamos, como si nos hubiéramos salido del mapa. Otros políticos dicen que quieren una Europa verde, bien regada y no como en el Levante español que tiene el grifo del Plan Hidrológico cerrado. Aunque el presidente del Gobierno tranquiliza a los valencianos y les asegura, con la firmeza y rotundidad del que todo lo puede, que «si he traído a las tropas de Irak, cómo no voy a traer el agua a Valencia». Todo aquel que sea razonable y que tenga buen talante sabe que la escasez de agua en el Levante era por culpa de la participación española en la guerra de Irak y la solución es aplicar el aparato logístico del repliegue militar, utilizando al ejército ocioso en labores humanitarias de dar de beber al sediento mediante un gigantesco convoy de camiones cisternas y un corredor permanente de soldados con botijos de agua fresquita. (lo dicho: «Buenos días... Buenas tardes»). Luego dice Borrell que «Irak está en el corazón del debate sobre lo que Europa representa», que es una frase de profundo calado porque los europeos lo que vamos a votar en realidad es por la democracia iraquí. Por su parte, Mayor Oreja, haciendo oídos sordos, promete «partirse la cara en Europa por los españoles». O sea, de entrada, haciendo amigos. Una cosa es defender los intereses de los nacionales con firmeza y argumentos y otra es emprenderla a tortas con el comisario de turno que rebaje las ayudas a las alcachofas. Aunque en eso de las ayudas Borrell dice que ya no hacen falta, que estamos entre los países ricos y que ahora nos toca pagar a nosotros y ayudar a los pobres... Menos mal que en este diálogo político para los besugos de tierra que somos el pueblo llano, hay un lugar para los sentimientos. Un Zapatero lírico y solemne dice que «los valores de la izquierda cotizan en el corazón», que naturalmente cualquier pobre entiende y hasta le sirve de consuelo, a pesar de que le gustaría compartir otro tipo de valores, aunque sean de derechas, que son los que cotizan en Bolsa. Y así, de elucubración en elucubración, avanzamos hacia Europa. En esta verbena electoral, tan surrealista, el diálogo para besugos es el método que han elegido los políticos para alimentar el talante o el buen rollo, que es lo que se lleva. O sea: «¿Vuelve usted conmigo a Europa?», dice uno, y el otro contesta: «Son las seis y cuarto pasadas y es hora de partirme la cara con alguien»... «Buenos días». «Buenas tardes».