TAN en el obrador y a punto de horno estaba la resolución del Consejo de Seguridad sobre Irak como estaban, ya en territorio nacional, las tropas españolas: traídas por Zapatero luego de haber sido enviadas por Aznar. Lo que se dijo que era de todo punto imposible, como razón para el regreso inmediato de nuestros soldados, resultó que no era así. En el marco de la evocación del desembarco de Normandía, americanos y franceses habían echado pelillos a la mar y convenido una pendiente suave para la salida de las discrepancias atlánticas sobre el conflicto de Mesopotamia. A la hora de reunirse el Consejo de Seguridad sólo quedaban pendientes, cosas menores, cuestiones de última pincelada. Pero antes incluso de la vísperas del LX aniversario del desembarco aliado en las playas atlánticas de Francia, había ya cambiado el viento en la relación franco-americana. Para la etapa nueva prescindió el presidente Chirac del glamuroso Villepin en la conducción de la diplomacia gala: de la política exterior lo pasó al ministerio del Interior. Todo venía muy rodado. Y se veía venir, y sin embargo se desmanteló con una orden -de regreso inmediato- un polémico sistema de política exterior para arrojarnos de bruces a la nada. El afecto de Francia es del todo descriptible; bastante menos, la irritación norteamericana. Sentadas están ya, casi, las condiciones necesarias para la transición iraquí a la independencia nacional y la libertad política, con la resolución prácticamente pactada y concernidas las milicias de unos y otros, con las sabidas excepciones. Se camina hacia la salida en el conflicto atlántico y el escenario iraquí, y España, aplaudida internacionalmente por nadie, carga con su diplomacia plebiscitada. Regresa a una soledad con precedentes muy cercanos a los tiempos del desembarco de Normandía: un pie en los árabes y otro en Hispanoamérica.