AVE/struz

| RAMÓN PERNAS |

OPINIÓN

CUENTAN de este animal que cuando tiene que ocultarse entierra la cabeza que es generalmente pequeña y deja su cuerpo que a menudo alcanza un gran tamaño, visible para el enemigo. La política del avestruz es frecuente como comportamiento de personajes de toda condición y muy especialmente de quienes se ocupan de responsabilidades en la Administración pública. No han transcurrido todavía los cien días de cortesía que por tradición se conceden a los gobiernos debutantes, y ya han acontecido sucesos que demuestran que manca finezza en los modos y en las prisas. Galicia como siempre, no deja de dar aldabonazos en las puertas del poder, y continúa, también como siempre, siendo desoída. Las reuniones pospuestas, las declaraciones con medias palabras, el decir digo sin dejar de decir diego, el catálogo de mil velocidades que aplican los gobiernos,los planes del noroeste y los del sur, las deudas impagadas, et altri , nos desubican del paisaje presupuestario y convierten al plan Galicia en lo que siempre ha sido. Es decir en una utopía virtual, en un purparlé mediatico que ha sembrado de carteles carreteras y corredoiras de este viejo país. Y desde el fondo del escalafón de nuestras legítimas reivindicaciones tenemos que movilizarnos para exigir el pago con intereses de esa deuda histórica que las administraciones tienen contraída con Galicia desde hace más de un puñado de años. El plan Galicia, o como quiera que se llame, no es negociable, porque no es negociable el atraso, el destierro geográfico a una esquina del mapa, el tren de alta velocidad que nos lleve, nos conduzca a esa inaplazable modernidad que más que un deseo es una reivindicación colectiva. Por eso las declaciones recientes de la ministra Álvarez hablando de obsesiones ferroviarias, y haciendo frases ingeniosas -«política de traviesas dispersas»- y peligrosas por sus múltiples lecturas, por su polisemia, sonaron en Galicia como un mal presagio y un desacertado aviso para navegantes. Lo suscribe la ministra del AVE como usuaria habitual del medio de transporte que acerca su Sevilla a Madrid en un santiamén que dura dos horas y cuarto de viaje, cinco veces menos que el tren nocturno que viaja entre Lugo y Madrid, ciudades que distan quinientos kilómetros. Como lo oye, ministra. No reclamamos, Dios nos librara, nada que no nos corresponda, ya habíamos descontado la alta velocidad, no era en nuestra memoria ciudadana una asignatura pendiente. No vamos a pasar factura alguna basada en catástrofes y en nuncamases, es mucho más que una legitima aspiración de un país que ya encontró el tono de su voz y no susurra ni mendiga cuando tiene que llamar pan al pan y vino al vino. Confío en que sólo hayan sido unos desgraciados excesos verbales, por un lado y/o unos silencios escasamente cómplices, los que nos han puesto ojo avizor, y que la capacidad de rectificación de un Gobierno con buen talante nos devuelva al paisaje de molinos donde creímos ver gigantes; ojalá que las avestruces del poder no tengan que ocultar la cabeza dejando al aire la obscenidad de un cuerpo que resulta demasiado evidente. Estaremos atentos y el final de este artículo tiene por fuerza que terminar como las viejos seriales: continuará.