La otra perspectiva

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

LOS QUE CREYERON que el Plan Galicia era un compromiso cierto y solemne, perfectamente instrumentado y dotado de los recursos presupuestarios que lo hacían posible, tienen que estar muy cabreados con José Luis Rodríguez Zapatero. Y hasta tienen derecho a pensar que, una vez alterados los pesos y contrapesos que equilibran el poder del Estado, se está pagando con ilusiones gallegas el enorme favor que el electorado andaluz le hizo al Partido Socialista Obrero Español. Pero los que nunca hemos creído en ese Plan, y hemos denunciado la ingeniería mediática y presupuestaria que le daba virtualidad, no tenemos ningún motivo de inquietud, y hasta podemos tener la esperanza de que una mayor racionalización del gasto y las inversiones nos dé, de verdad, lo que nunca íbamos a tener. Los que nos hemos burlado del AVE parroquial del ex-ministro Francisco Álvarez Cascos, que sólo iba a tener doble vía y a estar electrificado «onde sexa necesario», y que carecía del más mínimo estudio de rentabilidad de cada uno de los ramales que diseminan los convoyes por Ferrol, Pontevedra, Lugo, Santiago, Ourense, Vigo y A Coruña, difícilmente nos podemos extrañar de que doña Magdalena Álvarez se pregunte quién proyectó tal modelo, con qué dineros se va a pagar y quién va a ser el usuario que se sube a unos trenes que no tienen la estrategia -máxima rapidez y frecuencia- de la alta velocidad. Los que hemos dicho que el AVE de la Cornisa Cantábrica fue un invento de última hora, para darle entidad a un Plan que no era más que una pura acumulación de obras atrasadas y presupuestos diferidos, tampoco perdemos nada si la ministra dice que se lo va a estudiar. Porque el único compromiso novedoso que tenemos pendiente es la construcción del Parador Nacional de Muxía, al que José María Aznar le encomendó la misión de vertebrar el desarrollo económico y social de la Costa da Morte. Y, puestos a ejercer de iconoclastas, digamos también que los que jugaron a las ventajas del Gobierno amigo que mandaba en Madrid, difícilmente van a encontrar argumentos que nos sirvan para condenar las deferencias que se tienen ahora con los catalanes y los andaluces, a los que sólo se aplica, con máxima eficacia, el modelo político que con tanto entusiasmo hemos ensalzado. Lo que mola de verdad, en un país como el nuestro, no son los Planes de quita y pon, ni los favores que nos hacen a cambio de votos o como compensación de la desfeita del Prestige . Lo que Galicia necesita es buen gobierno y políticas solidarias, sin concesiones a la demagogia ni éxitos de coyuntura. Porque no tiene ningún sentido seguir haciendo valoraciones y exigiendo responsabilidades sin más referente cierto que una utopía enorme con forma de rueda de molino.