ESCUCHANDO el otro día a Juan Antonio Martínez Camino, secretario de la Conferencia Episcopal Española, llamando poco menos que a la guerra santa por causa de la selección de embriones con fines terapéuticos y cuestiones anexas, me acordé -y mucho- del desaparecido Javier Gafo. Los dos jesuitas, ambos profesores de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid, pero dos talantes muy diferentes. Gafo era un hombre de ciencia, que captó desde el principio el carácter de puente entre visiones diversas de la realidad que la bioética tiene; dialogante hasta el extremo, pensaba que la propuesta católica no perdía nada -al contrario- si en vez de presentarse con un talante excluyente y autoritario se mostraba con un rostro benigno y una actitud inclusiva, como también gusta de decir otro ilustre profesor de Comillas, Marciano Vidal. Para el creyente, la gloria de Dios es el ser humano que vive, ciertamente, y cuanto más débil y vulnerable, mejor y más intensamente refleja la imagen de ese buen Dios. Pero la causa de la vida no se gana con soflamas, arengas y movilizaciones callejeras sino con el testimonio callado y perseverante de quien asume cotidianamente la primacía del ser sobre el tener y está en la primera línea de la caridad, respetando y venerando la vida de todos y esforzándose por la promoción de las mejores condiciones posibles para su desarrollo. Dios es el único Señor de la vida: ésta es una verdad central en el cristianismo. Pero Dios no ejerce este poder como voluntad amenazante, como señala Juan Pablo II, sino como cuidado y solicitud amorosa hacia sus criaturas. Este es el verdadero talante cristiano, que el Concilio Vaticano II vino a subrayar, aunque algunos eclesiásticos no se hayan enterado. Es verdad que la democracia se mantiene o cae con los valores éticos que encarna y promueve; y también es verdad que parece que en España vivimos época de rebajas. Pero con palabras y formas ásperas difícilmente se va a generar algo más que un clima de crispación social y de oídos sordos a la propuesta católica. Los temas de bioética son lo suficientemente serios como para debatirlos con humildad, con serenidad y con rigor científico. Habría que pedirle a la Conferencia Episcopal que hable de estos asuntos quien entienda de bioética y sepa dialogar. En un universo plural, hay que saber presentar los argumentos propios con humildad y abiertos al disenso.