AUNQUE no somos muchos, soy de los que estima que A esmorga mantiene muy dignamente el tipo cuando se la compara con otras novelas cortas del siglo XX consideradas cimeras, verbigracia, La familia de Pascual Duarte, The catcher in the wheat, La chute . Por ello, hubo un tiempo en que me pareció no sólo asumible sino imprescindible la defensa de las lenguas minoritarias como una dimensión más a añadir al enriquecimiento siempre insuficiente de nuestro acervo. Y no me lo invento, lo tomo de Azorín, que consideraba el aprendizaje de una nueva lengua un plus de alma. Pero ya no. Ausente de mi ánimo hasta la mínima traza de sentimentalismo regionalista, ya no me identifico con la defensa de las lenguas vernáculas de la periferia española ni derramaré una sola lágrima si retroceden o vienen a desaparecer completamente. Siento molestar a algunos de mis muy queridos amigos con esta confesión porque, españoles de buena ley, viven su galleguismo pacíficamente sin buscar reyerta lingüística con quienes hemos optado sin complejos por el castellano. No obstante, las cosas en este terreno se han desviado tanto de la trayectoria inicialmente planeada, decantándose los guerracivilistas en ciernes por los agrestes senderos de la normalización y las arriscadas barranqueras de la encerrona nacionalista, que yo me apeo del carro sin ningún tipo de mala conciencia. Estoy convencido, incluso, lo que aquellos primerizos falangistas -Cunqueiro, Filgueira Valverde, Castroviejo, Torrente Ballester- promotores con razonada pasión de la instalación social y cultural del gallego, si bien no siempre lo utilizaron en sus liturgias civiles o culturales, de vivir hoy se alzarían contra el papel que juega actualmente en tanto lengua de comunión, separadora, contraviniendo la finalidad primera de lengua de comunicación y reconsiderarían lo bien fundado de una protección que ha tomado el cariz de la imposición. Por no hablar del euskera o del catalán, convertidas en apisonadoras del castellano y de los derechos individuales de los hispanófonos. Pero los nacionalistas -y no hace falta especificar a qué nacionalistas me refiero dado que los españoles ya no somos nacionalistas sino constitucionalistas- no contentos con incordiar aquí han trasladado sus pretensiones a Europa, aprovechando la predisposición de Zapatero, y, claro, como era de suponer han hecho el ridículo y sufrido un « non sequitur » irreversible de Francia que no está, ni el resto de los europeos tampoco, para ese tipo de trivialidades narcisistas. Algunos amigos extranjeros de Bruselas y Estrasburgo me confesaron sin pudor que la demanda de España les había producido una inusual sensación de golpe bajo. La irrupción en Europa planteando que se consideren también lenguas oficiales el gallego, el euskera y el catalán, y que la UE las ampare al menos en el ámbito de traducción de documentos, como si en español resultaran ininteligibles, no interesa absolutamente a nadie y de llevarse a buen término no haría más que embrollar la ya complicada Babel de veinticinco miembros. Incapaces de defender los intereses estratégicos de España en el largo plazo, los hombres (¡y las mujeres, y las mujeres!) de Zapatero han optado por la demagogia so capa de defensa de los derechos culturales de las minorías. ¿Pero no comprenden que están molestando en Europa? ¿Pero no entienden que a los europeos les importan tres cominos las lenguas regionales y que ya hay bastantes problemas para que esos españoles tocanarices vengan a meter tres lengüecillas más en ese corral?. En última instancia, lo que consigue esa postura es que vean a gallegos, vascos y catalanes como personajes molestos imbuidos de un prurito narcisista que los lleva a hacerse notar sin tener en cuenta los intereses de la colectividad suprarregional a la que intentan endosar una singularidad más de España, intransferible al resto de Europa: como los toros. ¡Qué forma de hacer el ridículo!