AHORA que ya nos sabemos de carretilla todas las bodas reales desde Ataúlfo y Gala Plácida a Alfonso XII y María de las Mercedes; ahora que ya somos especialistas en protocolo y que nos enseñaron cómo se elabora el menú, vamos a ver si somos capaces de dejarlos en paz. Ahora que nos hemos repasado las bodas de tronío de todos los príncipes del planeta, que nos habituamos a desenmarañar los árboles dinásticos, vamos a dejarlos vivir tranquilos. Porque en los últimos meses padecimos un hartazgo tal de información sobre la boda que hoy se celebra en Madrid que ya va siendo hora de aligerar el organismo. Nos han empachado no sólo con el color y el modelo del babero que Letizia utilizó en su infancia, sino también detallándonos todos y cada uno de los amores de los que los contrayentes han disfrutado a lo largo de su vida. Así que ya va siendo hora de poner colofón a este cuento de hadas y dejar que vivan felices y contentos. Que es lo que todos deseamos, a todos. Porque lo acontecido hasta hoy no ha sido normal. La España del cotilleo, la del clavel en la solapa; la España de la bandurria, ha vuelto a asomar para interesarse y dar su opinión en un asunto que no es más que una cuestión estrictamente privada e íntima de los contrayentes. Que a la señora de O Valadouro le guste o no Letizia como futura reina no sirve para cambiar el rumbo de la historia. Que el periodista Peñafiel se inflame, tampoco. Lo que hay que hacer es aceptar lo que ya resulta inevitable. Que hay boda. Y preocuparnos de lo importante. De que el heredero y su esposa entiendan el papel que ha de jugar una monarquía moderna en un país que aspira también a serlo. Tenemos que preocuparnos por lo sustancial. Y mientras tanto, dejarlos vivir en paz. Que los pobres han sufrido una tortura inmerecida. Y nosotros, también.