Vanguardias

La Voz

OPINIÓN

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ

20 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

EL CUBISMO es un puzzle roto, movido, que no casa o casa mal, con las piezas cambiadas como los pasos cambiados de la vida. Se puede ver el mejor cubismo, el violín o el libro de música de Juan Gris, que no tenía nada de gris, en la exposición Vanguardias II (1925-1939) en el Kiosco Alfonso de A Coruña. La iniciativa, muy loable, es de Caixanova. Se trata de darle un repaso a los artistas españoles que en el siglo XX trituraron las marinas y los bodegones. Del cubismo al surrealismo, las matemáticas locas de los sueños, la ecuación imposible de las pesadillas, una rosa y una apisonadora, Dalí que levanta la piel del mar para descubrir un desierto. Y del surrealismo a la abstracción, la abstracción que dinamita el puzzle del cubismo, que tacha a brochazos sueños y pesadillas. Está Miró, que pinta con el color de las frutas, el zumo de la naranja, el rojo intenso de la granada. Está Picasso, la risa macabra de sus cráneos que delatan a las testas de animales de Barceló (en arte siempre hay padre y madre). O Gargallo que esculpe siluetas con el compás que usará Pertegaz. Todo se ve en una muestra que termina con un Dalí mudo, un lienzo enorme casi en blanco, el juego revuelto, el lenguaje extraviado, del siglo XX. cesar.casal@lavoz.es