ESTAMOS aplaudiendo lo que debería ser habitual. Por excepcional. Ovacionamos y palmoteamos lo que tendría que ser frecuente y usual. Celebramos el encuentro de Fraga y Pérez Touriño como si de un acontecimiento extraordinario se tratase. Tal cual como si viésemos abrazados a George Bush y a Sadam Huseín. Como si nunca hubiésemos imaginado una relación cordial entre el presidente de un gobierno autonómico y el líder del principal partido de la oposición. La entrevista entre Fraga y Touriño ha abierto los informativos de radio y televisión y las primeras páginas de los periódicos. Y todos, felices, hemos destacado el clima positivo y agradable en el que se desarrolló y los dos años y medio transcurridos desde el último encuentro. Pues tan anormal resulta la entusiasta celebración como que pasaran treinta meses sin cruzarse palabras amables. Una entrevista de estas características no debería de ocuparnos más tiempo que el necesario para conocer los asuntos tratados. Pero su excepcionalidad nos lleva a festejarlo entusiastamente porque estamos poco acostumbrados a algo tan habitual en cualquier sistema democrático. El diálogo, el cambio de pareceres y la colaboración entre personas a las que se les han entregado responsabilidades políticas. Galicia no está para demasiados lujos. Para que se decida unilateralmente cuándo recibo y a quién. La situación que vivimos precisa de la contribución, tanto de los que gobiernan como de los que habitan en la oposición. Y la ausencia de un diálogo estable y permanente nos condena a permanecer en el atolladero. Encuentros como el del martes no pueden estar condicionados por cabreos puntuales o por subidas de bilirrubina. Porque los gallegos estamos por encima de vaivenes personales. Ese tiene que ser el compromiso.