Se encienden las alarmas

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

LA DEMOCRACIA y el debate son cosas inseparables. Pero que haya debates obligatorios en televisión, y que un candidato tenga que aceptar un modelo predeterminado de relación con su electorado, es un infantilismo y una estupidez. ¿Es que los tartamudos no pueden ser presidentes? ¿Hay que ser guapos y telegénicos para llegar a la Moncloa? Lo correcto sería que, sobre una cultura democrática avanzada, y con una televisión libre de los controles gubernamentales, cada partido y cada demócrata pueda decidir si concurre al debate, y cada ciudadano juzgar con su voto las razones de esa decisión. Porque las formas no pueden ser más importantes que el fondo, y porque una tutela excesiva de la democracia amenaza su propia realización. Lo mismo cabe decir de la paridad obligatoria de las listas. ¿Tendremos que hacer corporaciones pares (ahora son impares) para que haya los mismos hombres que mujeres? ¿Seguirán siendo las corporaciones impares, con mayoría obligatoria de mujeres? ¿Habrá excepciones para los municipios que no tienen mujeres suficientes para una lista? ¿Es anticonstitucional hacer una lista de hombres solos o de mujeres solas? ¿Habrá cupos para homosexuales? ¿Se impondrá también el reparto por edades? La suma justicia es la total injusticia, y mucho me temo que si la vicepresidenta sigue por el camino de crear modernos a la fuerza nos va a hacer añorar -¡Dios me perdone!- a Javier Arenas. ¿Y la televisión? ¿Había que empezar hablando de privatización? ¿Es que vamos a repetir los pasos de Rumasa? ¿Cómo se puede ser tan frívolos para hablar de forma tan simple de lo que es tan complejo? Lo correcto sería definir un modelo de televisión, y analizar el realismo y la eficacia de las fórmulas propuestas, antes de echar la lengua a pacer por los prados. Porque las prisas no son buenas consejeras. ¿Y los alcaldes? ¿Se pueden elegir alcaldes directos e inamovibles que tengan a toda la corporación en contra? ¿Qué criterio de gobernabilidad se va a establecer para que la cohabitación no se convierta en la regla de nuestros municipios? ¿Se va a cambiar el sistema de gobierno local de la cabeza a los pies? ¿Está claro que una elección presidencialista no altera el modelo de legitimación parlamentaria previsto en nuestra Constitución? La democracia es una expresión de libertad política, entreverada de normas y costumbres, que se aliña a partes iguales con la cultura y la praxis. Por eso no admite tutelas, ni prejuicios. Y casi todas las reformas propuestas por la señora Fernández de la Vega tienen mucho de tutela y algo de prejuicio, aunque posean también la dulce pátina de lo positivo. Por eso se están encendiendo todas las luces rojas.