Federalismo asimétrico

| X. ÁLVAREZ CORBACHO |

OPINIÓN

10 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

ESTE ARTÍCULO estaba en gestación hace ahora un mes. Sin embargo, consideré oportuno y útil aflorar primero otras asimetrías estructurales que tanto padecemos pero que aceptamos con normalidad. Por eso hice referencia al tratamiento desigual que genera el IRPF (entre las rentas del trabajo y del capital), a los agravios comparativos que existe en la financiación municipal (entre los nuestros y los otros), así como el maltrato que todavía recibe la mujer (en casi todos los ámbitos). Con este trasfondo profundamente desigual e injusto, hablamos hoy del federalismo asimétrico que reclaman las instituciones catalanas y que tanta ira desata en las gentes de orden. El concepto de federalismo asimétrico exige siempre la presencia de gobiernos territoriales con competencias y financiación diferente. Algo que repugna al principio igualitario, pero que a veces explica las asimetrías tozudas que imponen las realidades históricas. En todo caso, conviene insistir que el federalismo asimétrico no es aquí una novedad. Ya existe desde el inicio del proceso autonómico. Tanto el concierto vasco como el convenio navarro generan recursos per cápita que oscilan entorno al 150% de los obtenidos por las comunidades autónomas de régimen común. Y eso todos los años y con todos los políticos callados. La constitución española prohibe el privilegio, pero la realidad impone la asimetría. El problema actual del federalismo asimétrico es, pues, un viejo y endiablado problema. Las instituciones catalanas siempre reivindicaron fórmulas de pacto o concierto para obtener resultados financieros similares a los del País Vasco. Pero hoy tienen al 80% de la población detrás. Denunciar a la Generalitat ignorando las causas que motivan su reivindicación es, además de una política estéril, un ejercicio de cinismo denunciable. Pero si Cataluña logra esa mayor financiación, los efectos son impredecibles. Y si Madrid hace lo mismo, el futuro un imposible. Estabilizar el proceso autonómico exige, por tanto, acomodar estas asimetrías políticas en un nuevo Estado capaz de generar cooperación y solidaridad entre las nacionalidades y regiones mediante pactos solventes y satisfactorios. Un proceso que podría quebrar el principio igualitario -en la realidad ya sucede- pero que exige analizar todas las variables que están en juego. Por ejemplo, la balanza fiscal y la balanza comercial; las subvenciones y recursos de solidaridad, pero también el buen gobierno y la gestión eficiente; prohibiendo la negociación bilateral; creando instituciones estables para la propuesta, el debate y el acuerdo. O sea, que estamos obligados a resolver con inteligencia un problema político de envergadura que además es inevitable. Salud y suerte.