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10 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.HOY hace cien años que nació Salvador Dalí, uno de los grandes genios de la pintura del siglo XX y quizá el que más deliberada y polifacéticamente se concibió a sí mismo como un remedio contra la mediocridad, la anemia cultural, la rigidez ideológica y la sensualidad pacata. Algo que le perdonaron en todo el mundo menos en su España, a la que, sin embargo, dejó en herencia su espléndido patrimonio artístico. «Picasso es comunista, yo tampoco», era una de sus afirmaciones lúcidas, celebradas fuera de su país, no dentro, por considerarla frívola y contemporizadora con el franquismo. La realidad es que acaparaba demasiados calificativos para ser respetado por aquellos a los que fustigaba. Porque, era un genio, pero un genio provocador, iconoclasta, visionario, ególatra, escandaloso y... daliniano. Ahora se celebra el Año Dalí, que nos lo ofrece filtrado por el pasapuré de la ortodoxia. Empieza el Dalí del orden. Un Dalí menor (me temo), pulido, adecentado, sin adherencias, normalizado, sometido a estudio y encajado en el nicho pictórico que corresponde por su época. ¡Lástima! Porque fue mucho más. Quienes lo sabemos, seguiremos pidiendo un gran Museo Dalí. Para él solo. Como se merece.