HOY se inaugura en Barcelona el llamado Fórum de las Culturas, una atracción a lo grande que servirá para que familias enteras y turistas despistados y obedientes encuentren un nuevo espacio donde organizar su picnic en vacaciones y fines de semana. El Fórum no ha sido ni será nada más que: 1º, una excusa para una especulación urbanística que no ha tenido precedentes en Barcelona. Vayan y vean si no los kilómetros de fachada marítima donde se han alzado rascacielos monstruosos a precio de multimillonarios el metro cuadrado, puertos para lujosos yates y fastuosos jardines privados, todo en terreno que antes era público. 2º, la construcción de un parque temático (una collonada, que diría el maestro ampurdanés Josep Pla) por un gobierno acomplejado que a falta de solidez necesita montar fuegos artificiales. No son pocas las entidades, plataformas y miembros de la intelligentsia catalana e incluso extranjera que se han negado a participar en semejante circo. Desde la Federación de Asociaciones de Vecinos de Barcelona, que no es poco, a Noam Chomsky o Susan Sontag, que se apresuraron a mandar una nota donde se explicaba su ausencia porque el dichoso circo estaba patrocinado por empresas vinculadas a la industria armamentística, o reputados escritores, catedráticos y profesores de universidad, cantantes, gentes del teatro y del cine, Amnistía Internacional y plataformas de jóvenes, que por sentido común han visto la tomadura de pelo. El diálogo entre culturas, como gusta de llamar a sus organizadores, no es más que un surtido de funciones teatrales con juguetes mecánicos y música de violines pacifistas de fondo y plazas donde comer variadas cocinas del mundo y jugar con juguetes traídos de Mozambique; unas pocas conferencias o debates cuyo precio de entrada puede ascender a los 130 euros, a los que hay que añadir el precio de la entrada al recinto, y aquí Paz Mundial y después nada. Y como telón de fondo, un gobierno tripartito cuyos hombres fácticos no se hablan entre ellos, sin nada que gobernar porque las arcas están vacías, entreteniéndose en inspeccionar barcos mediáticos, elaborar informes y dejar que sus contrarios, que habían hecho lo mismo durante veintitrés años, se los roben y muestren sus vergüenzas en público. ¿Qué democracia soporta tanta mentira? Ni España, ni Cataluña, ni todas aquellas gentes que nos jugamos la piel por una democracia merecemos esto.