Cultura

La Voz

OPINIÓN

CARLOS G. REIGOSA

07 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

NO HAY duda de que los países que componen la Unión Europea comparten una cultura común. Es una afirmación que no se discute, a pesar de que, cuando un medio de comunicación hace una encuesta en la calle, se ve lo que un francés sabe de Lituania (muy poco) o los pintores polacos de hoy en día que conoce un español (ninguno). Esto aclara a qué llamamos una «cultura común»: nos referimos a Shakespeare, Cervantes, Erasmo, Leonardo da Vinci, Beethoven, Mozart, Goethe, Voltaire, Locke, Hegel, Freud, Marx y todo ese filón incomparable que atraviesa nuestra Historia y que viene desde la pléyade greco-latina de los Platón, Aristóteles, Séneca y compañía. El problema surge cuando hablamos de una cultura común actual. Se constata que, en efecto, vemos el mismo cine, pero hecho en Hollywood (en España copa el 67% del mercado), e incluso leemos los mismos best-sellers (muchos son estadounidenses) o escuchamos la misma música pop en inglés (¡menos mal que los Rolling Stones, además de inmortales, son británicos!) Lo cual plantea una cuestión inquietante: ¿compartimos una cultura propia o una cultura ajena que «actualiza» la propia?