Casifinal

JUAN J. MORALEJO

OPINIÓN

03 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

CUANDO YO ERA niño y tenía muy pocos años porque el franquismo no daba para más, yo era del Celta. Más de la mitad de Santiago era del Celta y más de la mitad de Pontevedra era del Dépor en aplicación estricta del principio olímpico del barón de Coubertin: lo interesante no es participar, sino amolar. Para mi celtismo y para que mis héroes fuesen Simón, Gaitos, Lolín... y Mekerle y Hermida y Mauro y otras virguerías, había más razones que las cutres de dimes y diretes localistas. Yo te soy de los Tortugas de Cortegada de Miño, de donde hace unos 120 años salió, con una mano delante y otra detrás y con más hijos que cuenta corriente, camino de Vigo para ir a Buenos Aires a nado ¡y juro que no exagero! mi bisabuelo Manuel Álvarez, carpintero. Pero ¡ojo! no un carpintero cualquiera, sino que, como decía un gran predicador de San José y sus buenas manos, mi abuelo solamente hacía mesas, pianos y consolas. Pero, agotado el cupo de mesas en Cortegada, cerrado el Conservatorio de Ribadavia y, por tanto, la expectativa de hacer pianos para las señoritas del Ribeiro, y decaído el gusto por las consolas en Celanova y comarca, que empezaron a preferir chineros y veladores, mi bisabuelo se fue a probar Fortuna y la pongo con mayúscula porque ascendió a Don Manuel y dejó allá a dos hijos que están entre los fundadores del Centro Gallego de Buenos Aires. Mi bisabuelo pudo volver, ya en barco y no a nado, a Vigo, que desde entonces y por muchos añadidos que me ahorro es muy de mi familia y por eso te somos celtistas. Pero también te soy de La Coruña, aunque haya tardado algo más en serlo. El caso es que, como en Santiago no había manera de meter en vereda a mi hermano mayor y como en La Coruña había un colegio con más fama que la Legión de Millán Astray, allá se lo llevaron interno y yo iba de vez en cuando con mi padre a verlo y me cayó bien La Coruña porque siempre me recibió bien, con la marea alta. Y mi hermano me hacía rabiar con que a él lo llevaban a Riazor y veía a Luisito Suárez y yo, para vengarme, de mayor me casé con la hermana de Gárate. Y en aquella Coruña que yo empecé a gustar vivía, volaba, se estiraba, paraba... San Juanito Acuña, una de mis mayores devociones, a la par con San Antonio Ramallets, pues ha de saberse que yo iba para portero de la Selección Nacional, pero en el segundo ejercicio de la oposición, un práctico de cinco penalties, Iríbar y yo paramos los cinco, pero el tribunal estaba trucado, con un tal Anasagasti de presidente, e Iríbar se llevó la plaza, dijeron que por mejor estilo. Y se preguntarán ustedes a qué viene este chorrifolio y yo se lo aclaro: es terapia y relajación de las ansiedades previas a enseñarle al Oporto lo que vale un peine. Me mola Oporto, su gente, su río, su puente, sus bodegas... y allá me voy en cuanto me dejan. Pero hoy es día de dejar en claro, muy claro, quién es quién y mi amigo Jabo y Valerón y Molina y Pandiani y toda esa basca me van a poner contento para un quinquenio.