Imaginemos un polaco

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

01 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

UN POLACO nacido, por ejemplo, después del 8 de octubre de 1918, cuando el Consejo de Regencia proclamó la independencia de Polonia sobre las ruinas de aquel imperio austro-húngaro que la Gran Guerra acabaría por borrar de la historia y de los mapas. Nuestro polaco, que ayer habrá visto emocionado la incorporación de su país a la nueva Europa unida, tendrá ahora 86 años y podrá recordar los indecibles sufrimientos que él y sus compatriotas hubieron de soportar, al igual que muchos otros europeos, hasta la caída del muro de Berlín. La dictadura de Pilsduski entre 1926 y 1935; la de «los coroneles» entre 1935 y 1939; la invasión alemana en la madrugada del 1 de septiembre de 1939; la ocupación de país por las tropas nazis; la invasión soviética el 17 de septiembre; los horrores de los campos de concentración (Auschwitz, Maidanek, Birkenau, Stutthof) y de la guerra; y, tras ella, la pesadilla de una interminable dictadura comunista que no caería hasta la llegada a la Jefatura del Estado, cuarenta y cinco años después, del líder minero Lech Walesa. Quien ha tenido que vivir lo que un polaco, un húngaro, un checo, o un yugoslavo (o un estonio, un letón o un lituano) a lo largo de los últimos cien años sentirá hoy, sin duda, una mezcla de impresiones diversas, y aun contradictorias, entre las que predominará, probablemente, la de la esperanza en el futuro. Pues sólo hay que ver los indicadores de crecimiento y bienestar de los diez Estados que hoy se incorporan a la Unión para saber que sus habitantes tienen, en efecto, mucho que esperar de una Europa de la que siempre formaron parte en realidad: del espacio político, económico, social y cultural, que ha sido capaz de acabar garantizando las más altas cotas de libertad y seguridad, de justicia e igualdad, de desarrollo y bienestar. Yo no soy de los que cree que la nueva Europa unida, ampliada ayer a 25, será un día algo similar a lo que hoy son los Estados Unidos nacidos en 1787 con la aprobación de la Constitución de Filadelfia. El impulso que llevó a su creación, distinto al nuestro, era descrito por Thomas Jefferson, futuro presidente, en un carta dirigida desde París en 1786 a James Madison, uno de los Padres Fundadores de la Unión: «Hacer de nosotros una nación en los asuntos externos, y mantenernos diferenciados en los domésticos». No, la actual Unión no desembocará probablemente en unos Estados Unidos europeos, pues además de que nuestra historia ha sido otra, otro ha sido también el objetivo y el empeño con el que hemos llegado a donde estamos: el de asegurar, mediante la solidaridad y el control mutuo, paz, estabilidad, libertad, justicia y bienestar. ¡Ahí es nada!