SI LAS CUENTAS no fallan, en lo que va de año han entrado en Santiago 3.901.638 peregrinos, de los que 1.950.819 provienen de España y del extranjero, y otros tantos de Galicia. También es posible que cada peregrino sea contado dos veces -como el célebre dúo de Ainhoa y Arteta-, y que las cifras sean algo menos apabullantes. Pero incluso en este caso tendríamos que admitir que Santiago ya ha recibido en cuatro meses más viajeros de los que llegan a Versalles en un año, y todo sin que se haya producido un solo vuelo de más, un atasco en la autovía o un refuerzo de los servicios de Renfe. Tratándose de un viaje espiritual, en busca de indulgencias, no cabe hacer comparaciones con hechos tan materiales como el Fórum de Barcelona, que sólo sirve para «especular y hacer pisos de lujo». Por eso no me pregunto dónde ha dormido tanta gente, sabiendo que la capacidad hotelera de Santiago no sería suficiente para acomodar al 25 % de los que oficialmente nos visitan. Pero no puedo resistirme a poner las cifras en conexión con las del empleo para concluir que, en contra de lo que dicen los obispos, estamos en el Año Santo más espiritual de la historia, en el que, en vez de recibir la visita de cuerpos peregrinos, recibimos almas puras, que no ocupan lugar. Sólo así puede entenderse que mientras España experimentó un leve crecimiento del desempleo (1,74 %) en el primer trimestre del año, la Galicia del Xacobeo aumentó su censo de desempleados en un 9,9 %. La sorpresa que produce este dato se hace mayúscula cuando los expertos insisten en que el paro aumenta en los servicios, y que la causa fundamental de la crisis es el declive del turismo. Más de una vez he abogado por la necesidad de trabajar sobre datos fiables y diagnósticos objetivos. Y una vez más tengo que constatar que, a la hora de comentar estas situaciones, no queda más remedio que recurrir al sarcasmo, no sólo para denunciar la demagogia de la Administración, sino para hacer escarnio de la paciencia con la que zampamos las ruedas de molino. El martes, mientras se daban las estadísticas del paro y se recordaban los 3,26 puntos porcentuales que nos separan de España, la conselleira Cimadevila insistía en el ideal aventurero que lleva a los gallegos por el mundo, y el conselleiro Pérez Varela renovaba su fe en el millón de rockeros que van a invadir el Monte do Gozo. Y yo pensaba en la gloria de un turismo que deja tantos millones de euros sin necesidad de AVE, ni de grandes aeropuertos, ni de hoteles para dormir, ni camareros para servirlos. Y es que, donde esté el turismo de almas, poco tienen que hacer las multitudes jaleantes y sudorosas del Fórum, o la Feria de Sevilla.