LOS NORTEAMERICANOS están hechos unos basiliscos. No hay quien los soporte. La retirada de las tropas españolas de Irak los ha encolerizado. Y se van a irritar más cuando sigan nuestros pasos las de Honduras, República Dominicana, Nicaragua, Polonia, Costa Rica y las que vengan. No hay quien los convenza de que la retirada de una misión de ayuda humanitaria, no es una claudicación ante el terrorismo. Ni un acto de cobardía. Los patrones del gran imperio tienen el don de no respetar las decisiones de los demás. Lo han hecho históricamente, aunque las adopte un país libre y soberano. Estando como están en posesión de la verdad les cuesta asumir que los otros puedan decidir. Su ambición imperialista los ciega. Y les lleva a buscarse problemas donde no los hay. Cabe preguntarse si es el pueblo americano el más indicado para impartir lecciones de democracia y buen proceder. Y la respuesta llegará inevitablemente recordando que edificó su propia nación sobre el genocidio y la exterminación de los pueblos indios. Y que continuó construyéndola sobre la esclavitud, el racismo, la caza de brujas, el robo de territorios y la utilización desmesurada de la fuerza. Invadiendo medio mundo. Cabe preguntarse si los Estados Unidos de América están en disposición de dar ejemplo a quienes tratan de sobrevivir pacífica y dignamente. Pero los norteamericanos son así. Van a la guerra aunque no haya enemigo. Admirables. Pretenden que los demás hagan lo que ellos ordenan. Que los apoyen en sus aventuras colonialistas. Y si no los siguen, son unos caguetas. En pleno debate sobre la conveniencia de invadir Irak, en octubre de 2002, Collin Powell aseguró, en tono amenazante, que «tenemos autoridad para hacer lo que creamos necesario». Evidentemente. Pero los demás, también.