ESTA VISITA al Miramolin o Comendador de los Creyentes, que ahora cumple el presidente del Gobierno, en Rabat, es una visita al origen último del cambio en la política exterior española. Va pegada a esta ocasión, como sombra al cuerpo, la otra que hizo el entonces secretario general del PSOE, en diciembre del 2001, cuando más alta era la tensión durante la última crisis entre España y Marruecos. Acaso se le criticó menos la inoportunidad de la iniciativa aquella por lo impropio de la misma en tales circunstancias de lo que ahora se comienza a criticar la llamada telefónica de Aznar a Bush, hace unos días, para comentarle en vivo su disgusto por la decisión de retirar las tropas de Irak. Pero ni una cosa ni la otra son lo más relevante en el presente contexto. Lo de interés más cierto ahora es esa condición causal de aquella crisis hispano-marroquí en toda la posterior evolución, tan disparada desde entonces, en la política exterior española. Sin el Perejil, donde Francia se alineó con Marruecos, no se habría producido el salto de nuestra diplomacia desde el eje franco-alemán al eje anglo-americano. Washington hizo un quite resolutorio para un problema de seguridad, que afectaba -y siempre afectará- al área del Estrecho y, por extensión, a Baleares y Canarias. El precio de aquel quite fue el compromiso de Aznar en la guerra de Irak, y la consecuente fractura del frente político occidental. Añadido a ello, la represalia de París y Bonn contra Madrid en el reparto del poder político europeo. Del Tratado de Niza se hizo una canción para el olvido. Fue algo más que la venganza del chinito. La batalla sigue abierta y la Constitución de Europa no acaba de llegar a puerto. Dice este Gobierno que eso lo arregla. Preguntémonos a qué coste de renuncias en la defensa de nuestros intereses nacionales. Podrían los pagos comenzarse a exigir en Rabat. El asunto es que Francia no se ha movido aún de su postura.