NO CABE DUDA de que la retirada de las tropas españolas de Irak está teniendo una extraordinaria repercusión internacional. Honduras y la República Dominicana han seguido de inmediato los pasos de España, y países como Polonia, Nicaragua, El Salvador o Noruega anuncian una reconsideración de su papel y, por tanto, de su participación en la ocupación de aquel país. De forma más general, la decisión española ha estimulado el debate y la controversia en todos los países que forman la coalición que hoy ocupa la vieja Mesopotamia. En nuestro país, la medida adoptada por el nuevo Gobierno cuenta con el respaldo de todas las fuerzas políticas, excepto el PP, y, desde luego, con el de la inmensa mayoría del pueblo español. Sin embargo, la polémica existe, y, sobre todo, se intenta extender un discurso político que considera la decisión de retirar a nuestros soldados profundamente errónea pero inevitable, debido al solemne, aunque irresponsable, compromiso electoral adquirido. Naturalmente, hay que cumplir los compromisos electorales. Pero, además, el que nos ocupa, lejos de ser producto del electoralismo, la irresposabilidad o la improvisación, está asentado en sólidos principios políticos y morales, responde a una nueva visión de las relaciones internacionales y tiene relación con el papel que España quiere jugar en el mundo. En primer término, la decisión del Gobierno representa una apuesta decidida por la preeminencia del derecho internacional frente al unilateralismo y la guerra preventiva, y contiene un mensaje inequívoco: la democracia española está dispuesta a poner la fuerza, si ello fuese necesario, al servicio del derecho, jamás éste al servicio de aquella. En segundo lugar, cuando Zapatero afirma que quiere sacar a España de la foto de las Azores y de la guerra, no puede ser más explícito en su rechazo a la nueva forma de dominación colonial que representa la actual ocupación de Irak. En efecto, no sólo es el petróleo, todo el país está en vías de privatización: la educación, la sanidad, la construcción, la infraestructuras, la investigación..., y todo ha sido sometido a la autoridad de EE. UU. que distribuye los contratos según sus intereses económicos y políticos. En estas circunstancias, Zapatero ha llegado a la conclusión, avalada por los hechos y el conocimiento histórico, que la actual política estadounidense en Irak no tiene salida. Sólo generará rechazo, caos, devastación, antioccidentalismo y más inseguridad en el mundo. Tampoco es ajena a la decisión de retirar las tropas la necesaria redefinición de nuestra política exterior. Con su iniciativa, el Gobierno quiere conseguir varios objetivos: superar la ruptura histórica y simbólica que con el mundo árabe ha producido nuestra participación en la guerra, devolver a España al núcleo central de la construcción europea y, finalmente, sentar las bases de una relación sana con EE. UU., basada en la autonomía de las partes y, por tanto, muy alejada de la sumisión e incondicionalidad que han caracterizado la política del Gobierno Aznar, que sólo nos ha conducido a la irrelevancia en el concierto internacional, salvo cuando actuamos al dictado o bajo el patrocinio de Washington. Finalmente, no faltan críticos con la decisión del Gobierno que, aún considerándola legítima, la califican de abrupta y excesivamente precipitada. Al respecto les contaré una esclarecedora anécdota histórica. Cuando el cardenal Roncalli fue elegido Papa con el nombre de Juan XXIII, anunció de inmediato la celebración del Concilio Vaticano II. Preguntado por la inusitada precipitación en el anuncio del Concilio -que pese a todo tardó cuatro años en convocarse- el Papa respondió lacónica y contundentemente: si no tomo la decisión ahora, seguramente no podré hacerlo nunca. A buenos entendedores, pocas palabras.