EL FLAMANTE presidente del Gobierno, cuando aún era un pretendiente con escasas posibilidades, propuso en el Congreso, con nula repercusión, un nuevo Estatuto para RTVE que reflejara con imparcialidad el pluralismo político en los servicios informativos, así como la calidad de la programación en general y la independencia del ente del control del poder. Un propósito plausible, característico de cualquier oposición que se precie, que, como suele ocurrir, confunde la realidad con sus deseos. En la campaña electoral, Zapatero insistió en su propuesta y añadió un compromiso muy efectista: la creación de una comisión de notables (también bautizada con cierta ligereza como «sabios»), que redactaría un nuevo código para renovar la radio y televisión públicas. En aquellos ya remotos tiempos -el pasado siempre parece remoto- el líder socialista hacía un brindis al sol que ahora, desde su importante responsabilidad, tendrá que hacer realidad si, como alardea, quiere cumplir escrupulosamente sus promesas electorales. Los pasos para renovar los estatutos de RTVE son complejos y lentos. En condiciones normales, tardarán más de un año entre la redacción por los notables de la Constitución de la tele , el debate político interno para pulirlo y evitar que salga respondón (menudo es Rubalcaba para que le cuelen un gol) y, por último, el complicado debate en el Congreso, que, para que salga adelante, necesita de un amplio consenso parlamentario. Mientras llega la hora del parto, una directora general interina, nombrada como siempre a dedo, asumirá la responsabilidad de este complicado tránsito. Al final, el nuevo Estatuto de los notables contendrá sustancialmente lo que, en definitiva, decidan e interese a los políticos, porque no hay que ser muy ingenuo para pensar que un aparato tan importante para la promoción del poder puede dejarse al albedrío de una gestión independiente. El grupo parlamentario socialista proponía, entre otras cosas, la designación del director general de RTVE por el Congreso, por mayoría cualificada, es decir con un mínimo de los dos tercios de la Cámara; la creación de un Consejo de Redacción interno que velaría por la imparcialidad de la información, sobre todo la de carácter político, y la apuesta por una programación general de calidad, con preferencia a la cultura. Hasta aquí, una síntesis de los buenos propósitos. Esto es lo que hay. Abramos un capítulo de dudas. En primer lugar, si el responsable máximo de RTVE tiene que ser una persona elegida por obligado consenso entre los dos grandes partidos (los otros cuentan poco), cabe pensar que el seleccionado no será el más capacitado, que podría producir recelos entre unos u otros, sino un híbrido que no incordie. Una persona con perfil tan manoseado, ¿podría enfrentarse a la voracidad de los políticos por tener minutos de protagonismo en los telediarios e influencia para colocar a sus amigos? ¿Tendría suficientes arrestos y apoyos reales para mantenerse a salvo de las ambiciones y de las críticas de los descontentos? Se podrían hacer muchas más preguntas, pero estas dos son suficientes para hacerse una idea de los problemas que tendría que soportar el responsable elegido que, seguro, sería bastante masoquista. En segundo lugar, la reforma que proponía el PSOE es la creación de un consejo de redacción interno que controlaría una supuesta imparcialidad informativa en asuntos políticos. Este consejo, en la práctica, actuaría como un comisario político, de carácter dictatorial y sesgado, que generaría un cisma aún mayor en el actual gallinero de intereses antagónicos que conviven (¿) en las redacciones. Por último, la propuesta incluía una programación de calidad. Una hermosa utopía que la actual estructura de TVE no podría soportar, porque necesita de su millonaria audiencia para sobrevivir y obtener una importante renta publicitaria que, en cierto modo, ayuda a paliar la enorme ruina. Está comprobado que la mayoría de los hipnotizados espectadores prefieren una programación entretenida y frívola, con mucho fútbol, a unos espacios sobre el románico y el teatro de Calderón de la Barca y con debates en profundidad en horas de prime time . Se podría añadir a esta serie de dudas la actitud del personal que conforma la saturada nómina del ente (más de nueve mil, con una media de edad superior a los 40 años), que están protegidos por unos sindicatos privilegiados, fuertes y beligerantes, que disfrutan de impunidad por las generosas concesiones que obtuvieron de anteriores directores asustados por las permanentes amenazas de huelgas. Éste es, en líneas generales, el panorama que tienen por delante la comisión de notables y el Gobierno. Sobre este arenal se pretende edificar o apuntalar la casa del gran hermano por antonomasia que es RTVE. ¡Qué gran guión para un reality show de intriga y pasión! Sobre todo, pasión.