Bush no se me puso

| ERNESTO S. POMBO |

OPINIÓN

EL DÍA DE AYER ha sido un día perdido. Porque he dedicado gran parte de la jornada laboral a intentar hablar con el presidente Bush. Inútil esfuerzo. O no se quiso poner, o le resultó imposible ante el torrente de llamadas de otros patriotas españoles. Y uno, que es discreto y correcto, no quiso molestarlo en el móvil. Lo que este humilde peatón quería decirle a Bush es fácilmente imaginable. Pretendía expresarle la tristeza por la decisión del Gobierno español de retirar las tropas de Irak. Y, al tiempo, criticar agriamente la actitud de Zapatero por rendirse ante el terrorismo. Esperaba mantener una conversación en los mismos términos en que lo hizo el nuevo profesor asociado de Georgetown. Poner de vuelta y media a ZP, que me contara la conversación privada que sostuvieron el pasado lunes los dos presidentes y quedar un día de éstos para vernos. Pero ya digo que todos los esfuerzos resultaron inútiles porque Bush no contestó. Por lo visto, no todos los ciudadanos tenemos la misma consideración. El presidente norteamericano sólo debe de ponerse al teléfono a los grandes líderes mundiales, o a los que ostentan una representación en su país, jefes de la oposición, parlamentarios, cargos públicos, paniaguados y fieles escuderos. Como parece ser el caso de su interlocutor. Uno tiene que confesar su frustración por el día perdido. Y sobre todo por el desaire. Por no disponer de la oportunidad que sí tuvo el profesor asociado. Y eso siempre duele. Que nadie entienda que expresarle a Bush la tristeza por la decisión adoptada es acto de traición, deslealtad y vileza. Sencillamente, es una sesión de terapia entre colegas. Claro que a lo mejor fue preferible así. Por aquello que decía Groucho Marx de que «es mejor estar callado y parecer tonto, que hablar y despejar las dudas definitivamente».