«Ópera prima»

| MANUEL MARLASCA |

OPINIÓN

APENAS llevan veinticuatro horas y parece como si hubieran tomado ya velocidad de crucero. Sabemos qué van a hacer con los valiosos jarrones chinos, como Iñaki Anasagasti calificó a los ex presidentes de gobierno, que serán consejeros natos y vitalicios del Consejo de Estado; José Bono, único ministro que juró su cargo -los demás lo prometieron- ha jurado también que mientras él sea ministro no habrá sindicación en los uniformaos, haciendo un especial énfasis -para que no haya dudas- en la Guardia Civil; la neutralidad de los medios de comunicación de titularidad pública puede comenzar a ser un hecho en las próximas horas, con lo que hace falta sólo y nada menos que talento para programar en las cadenas de TVE y en Radio Nacional de España; se harán esfuerzos para combatir el terrorismo desde la unidad en vez de a pesar de la discrepancia; las reformas de los Estatutos de Autonomía tienen los límites del respeto a la Constitución; y la previsible reforma de la Carta Magna tiene los límites del amplio consenso con que fue aprobada; Pedro Solbes, ninguneado en aquél plenario de Bruselas en el que España entró en el euro (mayo de 1998), gracias también a su empeño en la defensa de los criterios aprobados en Maastricht, tiene el encargo de garantizar la estabilidad económica, que es uno de los indiscutibles y más brillantes logros de los ocho años de Aznar; Zapatero y su gobierno no sólo aceptan, sino que expresamente no renuncian y reconocen cuanto de bueno dejan de herencia quienes les antecedieron, algo nada baladí cuando González pretendió demostrarnos que la transición le trajeron él y los suyos ignorando a Adolfo Suárez y sus gobiernos, y Aznar se empeñó en decirnos poco más o menos que todos sus logros lo fueron a pesar de quienes le precedieron... Se me dirá, y con razón, que ojo con los entusiasmos y que es preferible esperar a que Zapatero y su gobierno les pongan letra a la música que tan bien está sonando. Pero de momento la abertura de esta ópera prima del nuevo presidente del Gobierno (el cumplimiento de la palabra dada con la vuelta de Irak de los soldados españoles) augura cuatro actos -uno por año de legislsatura- en los que sería aconsejable que las legítimas arias se fundieran con unos brillantes coros en los que no fuera posible desafinar.