NO HA SIDO un asesinato selectivo más en el amplio catálogo del terrorismo de Estado que aplica Sharon desde el Gobierno de Israel. La liquidación de Abdelaziz Rantisi, sucesor del también despachado jeque Yasín, al que había relevado en la dirección de Hamás, es suceso que pertenece muy destacadamente a la crónica negra en que se ha resuelto la política en Oriente Medio. Su repercusión será obvia en el complicado decurso de la posguerra de Irak, especialmente en el buscado consenso entre la UE y Estados Unidos para que la ONU apruebe otra resolución que canalice la transferencia de soberanía. Pero el significado más directo en la cuestión palestina del asesinato del médico Rantisi resulta de su conexión cronológica con la expresa conformidad norteamericana en que no se restaure nunca la integridad territorial del entorno árabe de Israel. Bush se lo había manifestado a Sharon, en Washington, días antes de que se perpetrara el nuevo crimen de Estado. Eso quiere decir que la resolución 242, que tan directamente concierne a Palestina, se va por el inodoro en el momento procesal que la diplomacia norteamericana busca la referida resolución, es decir, la salida que le permita escapar de la ratonera en que se ha convertido la posguerra iraquí. El asesinato de Rantisi se lo van a descontar con creces, en Irak, a EE.?UU; posiblemente en medida mayor a como se descontó la voladura del jeque Yasín. No cabe separar tal suceso del gran salto adelante de la violencia registrado en Irak durante las tres últimas semanas. A estas alturas, la posguerra iraquí se ha convertido, añadidamente, en el gran vertedero de la frustración palestina. Sin posibilidad física de controlar las fronteras iraquíes, especialmente las de Siria y Jordania, se ha disparado el flujo de voluntarios palestinos y de otros países árabes. Todos sienten como propio el drama palestino.