CAMINO DE Babia, siguiendo a la inversa el Camino de Santiago, está Ponferrada, la pons ferrata , con sus vestigios romanos y templarios. El desarrollo urbano ha sido «no visto y visto», y acusa una considerable deficiencia de voluntad estética. Ponferrada era reconocida en su perfil por la montaña de mena de carbón, hoy ya eliminada y en cuyo solar se va a levantar, quizá como evocación de la antigua topografía artificial, una torre de treinta plantas -casi cien metros- que se promociona en un hipermercado de la ciudad. Para llegar a Babia hay que remontar el curso del Sil pasando por el valle de Laciana, que en su día debió ser muy bello pero que las explotaciones mineras fueron deteriorando. Cuando la nieve cubre las laderas, la cuenca fluvial recupera hasta cierto punto su paisaje primitivo. En Piedrafita de Babia está la divisoria de aguas del Sil -el que aporta el agua al Miño, que lleva la fama- y los afluentes del Duero, que atraviesan el valle hermosísimo hasta remansar en el pantano de Barrios de Luna, bajo el espectacular puente de Fernández Casado, camino del Atlántico. Babia, «estado mental independiente», como se lee en la red, todavía es sinónimo de ausencia y desatención. Los monarcas leoneses huían de los agobios de la corte a sus partidas de caza, y cuando el rey estaba en Babia, los súbditos ya sabían que no se podía contar con él. Es, en efecto, un privilegio perderse por estos parajes, pasar del asfalto de la carretera al hormigón entre las construcciones del hábitat humano, a la zahorra de los caminos entre los muros que dividen y cuartean el territorio, adentrarse en los prados y cultivos donde el hombre ha intervenido menos y terminar en la naturaleza sin dueño, sin caminos, solamente con las sendas de paso del ganado trashumante que la nieve va cubriendo. En la Babia original de Babieca siguen paciendo las manadas de caballos y se pisa el origen de la historia en los estratos de caliza donde se reconocen los vestigios de mares tropicales; nos rodean circos glaciares, morrenas y canchales, cascadas festoneadas de carámbanos, mientras los narcisos amarillos emergen tímidamente del manto blanco y los rebecos miran, desconcertados o despectivos, desde las cumbres. Estando en Babia, nos recreamos en la belleza de la naturaleza y nos parece necesario dejarla como está, protegerla con esmero pero sin grandes intervenciones, sin tantas pistas forestales para que no corran los todoterrenos ni las motos; reivindicar el no-proyecto y sólo el mantenimiento. No es la primera vez que lo pienso, porque lo mismo vale para el litoral -preservar los tranquilos y serenos encuentros del mar con el hombre y dejar de construir paseos marítimos- que para la montaña, cada día más amenazada por la explotación económica de su aire y sus vientos. La proliferación desmesurada de los parques eólicos está rompiendo el equilibrio silencioso de la naturaleza y el perfil dibujado de las crestas montañosas contra el cielo, que son patrimonio de todos. De regreso a Galicia, paulatinamente, son más las cumbres erizadas de molinos.