SIGUES SONANDO como nueva, como si nunca te hubieramos escuchado antes, banda sonora de todas las melancolías, treinta y cinco años dando vueltas en el rincón de vinilo de mi cerebro hasta quedar grabada en el disco duro de toda una vida. My way, y yo traducía la letra a mi manera, que era como se había versionado en español, y desde aquel primer guateque, ¿recuerdas?, cuando en el picú cantaba Adamo de telonero y «mis manos en tu cintura» era como el prólogo para que My way inundara como un himno nuestra desbordante adolescencia. Y ahora me encuentro en la página de este periódico que escriben sobre ti en la agenda de las fechas y corro veloz para ubicarte en la memoria que ya se va pintando de amarillo en las hojas añejas de los viejos calendarios. Cantaba Sinatra, y el terciopelo de su voz era una canción -esa canción- que anidó en su garganta, como si ya nadie más pudiera cantarla que el viejo crooner de los ojos azules, esa melodía dicha por Frankie adquiría dimensiones de un belcantista de ópera fraseando a Rossini. En las pequeñas cosas, con las pequeñas cosas se va anudando la vida. A veces una canción te devuelve a la fantasía de los felices momentos vividos cuando todavía las páginas del libro de la vida estaban por escribir, en blanco, y te empeñabas en ir cubriéndolas con palabras para contar los sentimientos. En mi generación los sentimientos, muchos de ellos, tienen nombres de canciones, de melodías que suenan lejanas y que regresan cuando la nostalgia las invoca y las convoca. Hay canciones que escuchaste cantar a tu madre o que acompañaron como un decorado sonoro las largas tardes de la adolescencia. En la página impar del mismo -éste- periódico viene la noticia de la muerte de Juanito Valderrama, y la voz de tu madre recoge el testimonio de aquellos días cuando cantaba El emigrante y tú hacías en la mesa de la cocina los deberes escolares. Madre se fue muchos años antes que Valderrama, pero sientes como si en esta ocasión, aquellas canciones a dos voces que te llenan la memoria de recuerdos se callaran para siempre. Juanito Valderrama era la pena mora más sentida en los discos dedicados de todas las radios de mi infancia. Yo lo vi actuar en el Teatro Moderno de mi pueblo, en Viveiro, con un espectáculo de copla y variedades. Y aquí estoy yo escribiendo a mi manera, entre My way y Quintero, León y Quiroga, entre la España en blanco y negro y el technicolor que venía del otro lado del mar, entre dos tiempos de un país que fui recorriendo como quien recorre un camino lleno de crónicas y recortes de periódico, entre una feliz efeméride y un triste obituario, sabiendo que no existen distancias entre Sinatra y Valderrama, que son dos estrofas de una misma y universal canción. Y uno, que de naturaleza es un sentimental, quiere poner un énfasis de emoción a esta desordenada gavilla de recuerdos y en esa película de cine mudo que es la vida, le va poniendo música a los fotogramas que arriban torpes a las líneas de este artículo, como si pudiéramos escribirlo sin palabras, intentando una pirueta orquestal que le regalara al lector las canciones de su vida. Que cada sílaba fuera una balada y cada frase una copla, y todas un cancionero lleno de pájaros, sonidos que levantaran el vuelo desde esta jaula de papel. Sería un bello epílogo para este My way que se fue haciendo adulto mientras yo me voy haciendo viejo a mi manera.